lunes, 17 de diciembre de 2018

Entrada de Historias Pulp - La garganta de acero por Mijaíl Bulgákov

Pasen y vean, majaderos...


Siempre hay algo malo escondido en los hombres que huyen del vino, de las cartas, de las mujeres hermosas o de una buena conversación. Esos hombres o están gravemente enfermos, o tienen un odio secreto a los que les rodean. (El maestro y Margarita) Mijaíl Bulgákov
Os traemos un relato corto de este enorme escritor ruso que obtuvo pocos reconocimientos en vida por la censura que, en aquellos años, se cernía en la URSS sobre todo aquel que no bailara al son de la culturilla seguidista oficial. 










Esperamos que sintáis en este relato lo que el médico novel, solo y sin más ayuda que sus pobres y teóricos conocimientos, siente en sus propias carnes. Un relato tremendo, emocionante, realista, conmovedor y sincero, un prosa fresca y limpia, un autor, en definitiva que todo el mundo debe leer alguna vez en su vida.
Sin más preámbulos...

La garganta de acero

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que las tormentas aúllan solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúllan las tormentas. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allá. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina…
“…¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo…”
Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío…
Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:
-Es una niña débil, se está muriendo… Doctor, venga al hospital…
Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.
El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Solo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. “Morirá dentro de una hora”, pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente…
Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: “La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente…”
-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.
-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.
-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?
En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:
-¡El quinto, padrecito, el quinto!
Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. “Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo”, pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:
-Tú, abuela, cállate; estorbas.
A la madre le repetí:
-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?
De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.
-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con la frente-, me ahorcaré si se muere.
-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.
La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:
-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.
-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces…
-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.
La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:
-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!
Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.
-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?
-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!
-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.
-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Solo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.
Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. “¿Y si aceptan?”, pasó fugazmente por mi cabeza.
-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.
-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.
La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:
-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!
-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.
La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.
-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.
-No, no la ayudará en absoluto.
Entonces la madre se echó a llorar.
-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.
-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.
-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.
-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: “¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado.” No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:
-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?
-¡No! -gritó nuevamente la madre.
En mi interior pensaba: “¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña.” Pero decía otra cosa.
-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.
-¡No! ¡No!
-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.
Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:
-¡Aceptan!
En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:
-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!
Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. “¡Eh!, ahora ya es tarde”, pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.
En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:
-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.
-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!
La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.
-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.
Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule… Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: “Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!”
-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.
-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.
Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.
Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: “¿Qué estoy haciendo?” Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y solo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. “Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla…” La comadrona secó en silencio mi frente. “Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora”, pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.
-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.
El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento solo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. “Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro…” En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que este sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:
-Continúe, doctor…
El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no lo miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Solo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.
A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:
-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.
Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:
-¿Y bien?
Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y solo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:
-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Solo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.
Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.
Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.
-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?
-Bien.
Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.
-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.
-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!
Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.
No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:
-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, lo felicito.
-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.
-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!
-Sí… Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, solo deseaba una cosa: dormir.
FIN

miércoles, 3 de mayo de 2017

DELIRIO

Pasen y vean, majaderos...


Este relato fue en su día el segundo que ideé, aunque lo dejé en estado de hibernación durante años hasta que, cuando empecé a tomarme en serio lo de crear historias, decidí terminarlo. Al revisarlo, no hice apenas cambios, corregí alguna errata, eso es todo. Es decir, los tres primeros capítulos, escritos alrededor del 2001, están tal cual los ideé entonces.
    Y... no se me ocurre nada más que decir. Así que... a disfrutarlo.


Dedicado a la madre que me parió



Y ahora, que comience la función...




Delirio


I
Revelación


—Porque yo siempre he sido una buena persona, ¿sabe? —le dije entre sollozos—. Pero no pude soportarlo, ¿entiende?
El hombre, el cobrador del frac, estaba sentado en una vieja silla de madera. Le había atado las piernas a las patas de la silla y las manos a los desvencijados reposabrazos de madera. No estaba amordazado, podía gritar, pero estábamos en el almacén de mi panadería; le puse allí tras dejarle inconsciente y cerrar la puerta colgando el cartelito de "cerrado".
Tenía la llave inglesa, nueva y plateada, ensangrentada, en mi mano derecha. La misma que le dejó inconsciente. La que le saltó varios dientes con cinco golpes. El pobre hombre (no podía dejar de sentir lástima por él) tenía el rostro salpicado de sangre que le salía de la boca y la nariz, y miraba el instrumento en mi mano con frenéticos ojos desorbitados.
—Pog favog —sus lágrimas se mezclaban con la sangre. El efecto era bonito—. No me haga mag daño. Déjeme ig. No volvegue, ge lo pjometo.
Su voz resultaba desesperada, patética. Eso activó algo en mí. Le sacudí un golpe más, a la altura de la barbilla, pero el tipo intentó cubrirse bajando la cabeza y la llave le alcanzó en la sien. Un aullido de dolor, un grito terrible. Eso me aplacó. Yo no era capaz de recrearme en el sufrimiento de los demás. Sus gritos me partían el alma, pero no soportaba que, en situaciones como esta, las personas se vendieran a la angustia y la desesperación.
—Jeñog godguiguez , pog favog , pog favog , pog favog...
—¡Cállese! —le grité. Estaba enfadado conmigo mismo, o con todo el mundo, en ese momento no lo tenía muy claro; tampoco importaba—. Me va a escuchar. Me escuchará y puede que le deje marchar.
—Ejtá bien, ejtá bien... —pero seguía llorando. Estaba asustado y muy sorprendido. Yo también lloraba. Era un gimoteo tranquilo en contraste con el suyo, y era evidente que eso lo asustaba aun más.
Yo no le hubiera hecho daño, pero cuando se despertó atado al silla y me miró, viéndome sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, la llave inglesa en una mano y un bollo preñado a medio comer en la otra, se acojonó y empezó a gritar como un poseso. Le golpeé para que se tranquilizara. Yo solo quería que me escuchara... Él sería testigo de la revelación que me sobrevino en los últimos días. El tipo, en cambio, tenía otras preocupaciones: quería salir de allí a toda costa.
El desgraciado llegó a mi panadería, poco antes de mi hora habitual de cerrar. Dijo de parte de quién venía, y le dejé inconsciente mientras se volvía levemente para abrir su maletín.

Vino de fuera, del mundo que yo despreciaba. Yo no tenía amigos, ya no se podía decir que tuviera padres, tampoco esposa, ni hijos; el resto de mis familiares eran dignos de fusilar, gente despreciable. Sabía cómo era la gente, por lo que no trataba con nadie excepto los propios clientes. Por eso, cuando vi al tipejo en cuestión, que se dedicaba a algo tan indigno como presionar a las personas para que paguen a otras, me dije: "éste es un buen ejemplar, éste merece tanto como muchos otros oír esto."


II
Estigmas


—Como le venía diciendo, yo siempre he respetado a todo el mundo —hablaba muy rápido, de manera nerviosa—. Yo no recibía el mismo trato. Mi aspecto débil, frágil, y mi carácter tímido y nervioso hacían que todo el mundo, sobre todo de adolescente, se metiera con mi forma de pensar, mis gustos, mi manera de vestir e incluso de moverme... Cuando dejé la escuela pensé: "vaya, ahora me espera el mundo de los adultos. No más frustraciones. No más humillaciones. Por fin seré tratado como un igual". Eso era lo único que quería, me sigue, ¿no?
Pero no me seguía. Era evidente que no escuchaba. Podía hacerme una idea de lo que pensaba en este momento: "¿por qué a mí? ¿por qué yo?" Me daba asco; ese era el tipo de persona capaz de mirarme por encima del hombro. Se creía superior a la gente como yo. "Un pringado que ha abierto una panadería sin obtener éxito alguno. Y ahora, tras gastarse el dinero que pidió prestado al cabrón forrado de su padre, éste nos llama a nosotros para que se lo devuelva de inmediato. Este hombre es un infeliz."
Pero yo era feliz. Mi panadería funcionaba y a mí me gustaba el trabajo. No estaba holgado de fondos, así que decidí retrasarme un poco en la devolución. Pero mi padre no podía dejar de recordarme cómo había rechazado el negocio familiar y el consiguiente sentimiento de recriminación que acompañaba cualquier trato que con él tuviera. Esto en realidad no me importaba. Sabía de hacía tiempo que era un caso perdido de asqueroso materialista. Seguí con mi discurso.
—Como habrá imaginado, no ocurrió lo que creía. Notaba cómo la gente me miraba con extrañeza y desprecio en los comercios cuando voy de compras, cuando salgo solo a tomar algo o al cine... La gente se ríe de mi porque limpio el portal de mi edificio, como cualquiera de mis vecinas, o me miran de manera recriminatoria si me digno a hablar en la calle con los gitanos del barrio. Yo no veo razones para que la humanidad haga distinciones entre personas por su dinero o las costumbres.
"Sin embargo hay más cosas, muchas más, tan pequeñas, pero tan numerosas, que me hacen la vida imposible. Me da miedo salir a la calle y sentir todo ese desprecio de las personas, no sólo hacia a mí, también entre ellos o hacia sí mismos: creen que tienen derecho a pensar cómo debería ser uno porque gastan ropa de marca o porque se creen personas dignas, o al menos más que otras, ya sea por dinero o convicciones políticas. Tiene esta gente la abstracta idea, además de insidiosa, de que se debe vivir de consumo y propiedad. A todo lo demás que le den por culo.
El delirante sermón había salido de mí como una rápida y desestructurada verborrea. El tipo sólo me miraba con fugaces miradas, algo más intensas cuando me acercaba a él de improviso durante los ademanes de mi monólogo, temiendo que me liara a palos con él.
—Bien. A raíz de este conjunto de ansiedades y decepciones soportadas a lo largo de la vida me he planteado el suicidio. Pero he encontrado una satisfactoria alternativa. Le daré a la gente una pequeña lección. Mañana viernes a las seis de la tarde, entraré en el centro comercial del centro de la ciudad con un FN T-BOLT, un rifle fabricado en Bélgica de cinco tiros, cortesía de un buen cliente, que cree que iré de caza este fin de semana. Una vez allí emprenderé la aniquilación de todo ser humano que se me cruce.


III
Redención


—Muy bien. Ahora le dejaré marchar. Tiene la oportunidad de redimirse, de hacer algo realmente bueno por alguien, de una manera que no volverá a estar a su alcance. Tengo muy claro que lo que voy a hacer mañana está muy mal. No le culparé si le cuenta a todo el mundo lo que ocurrirá mañana. Adelante, puede irse.
Mientras le hablaba le había ido desatando. Una vez libre, sacó un pañuelo de algodón, se lo puso en la cara y se fue. Confiaba, lógicamente, en que le contara todo esto a alguien; me detendrían y no haría daño ninguno. Una pequeña parte de mí no quería matar a nadie pero, si nada lo impedía, ocurriría.


IV
Juicio Final

Me levanté a la mañana siguiente muy nervioso, me vestí para ir a atender la panadería y antes de salir revisé el equipamiento para "lo de la tarde".
Tenía preparado el T-BOLT que pedí prestado cargado hasta la recámara: cinco balas, listo para disparar. Pensaba vestir, además, un cinturón de municiones con otros veintiocho proyectiles. Lo que no le dije al pobre cobrador del frac era que llevaría colgada a la espalda una bella katana, marca MARU-TO, parte de mi colección de fetiches japoneses, que había afilado cuidadosamente. Si alguien pensaba detenerme tendría que matarme, no me detendría por falta de munición. La carnicería continuaría hasta sus últimas consecuencias.
La mañana pasó rápidamente, y fue bastante productiva. Aquella tarde no abriría, y probablemente nunca más lo haría. La tarde anterior, tras lo del triste cobrador del frac, esperaba que llegara la policía con órdenes de detenerme o algo. Me parecía increíble que aquel hombre no le hubiera dicho nada a nadie; alguien le tenía que preguntar por los golpes de la cara. El hecho de no estar ya en una celda me daba sensación de surrealismo, hasta el punto de hacerme preguntar si lo del día anterior había ocurrido realmente, si de verdad me había atrevido a hacerlo. A la cabeza me venía sin querer la imagen del tipejo huyendo a toda prisa de la ciudad, una viñeta cómica en la que se le vería corriendo, con grandes volutas de humo saliendo de sus pies borrosos y sin mirar atrás. Estaba convencido de que eso había ocurrido, y me cabreaba tanto que no hacía sino reafirmarme con feroz seguridad en mi propósito.
Las cinco y media. A las seis o seis y cuarto ya estaría en el centro comercial. Llevaba el rifle y la espada en una enorme bolsa de viaje. La gente me miraba como si supiera lo que iba a hacer, pero era consciente de que no era así, sino que era una sensación paranoica arraigada en el origen de mi locura.
Era consciente de que estaba loco, nadie hace cosas como estas por sentirse un poco mal respecto al mundo. Podía ser que mi visión del mundo y de mi vida no fuera más que una pesimista y distorsionada percepción síntoma de alguna disfunción cerebral. Seguramente esto era así, pero, con el convencimiento y arrojo de un loco, caminaba veloz por las calles del barrio marginal que separaba mi propio barrio del centro comercial.
Las seis menos cuarto y vi a un grupito de chavales hacia el que caminaba. Eran todos blancos, lo cual ya era raro en ese barrio. Más de cerca me dí cuenta de que todos llevaban las cabezas rapadas. Seguramente planeaban alguna putadilla para los gitanos que por allí vivían, pero al pasar al lado de ellos, uno, el más grande, se separó y avanzó hasta alcanzarme.
—Oye, tío, no tendrás cinco euros... —me escupió con voz grave y cascada, bloqueándome el paso. Sus compañeros rompieron a reír a carcajadas al oírle decir esto.
—No, no tengo —dije con aguda y temblorosa vocecita producida por la tensión, que él debió confundir con miedo, porque puso su mano sobre mi pecho, impidiéndome seguir mi camino, y dijo:
—Sí, sí tienes.
—Te digo que no tengo —repliqué con impaciencia.
—Si tienes o te los saco a hostias —respondió sonriendo con cara de hijoputa.
Eché mano al bolsillo; el chaval dio un paso atrás para que yo pudiera sacar "su" dinero, dando a entender que se acababa toda amenaza, creo. Sentí el frío metal, lo agarré fuerte, con una rabia que nunca me había atrevido a manifestar, imperceptible al ojo humano pero siempre ardiendo, y tiré de él dejando ver el resto. El cabeza rapada tuvo tiempo de poner, durante un momento, cara de circunstancia y le alcancé en la boca con mi últimamente tan solicitada llave inglesa. Él hizo un ruido que me pareció más bien el graznido de una urraca mientras caía a plomo de costado.
Sus amigos echaron a correr en distintas direcciones. Miré alrededor de manera automática para asegurarme de que estábamos realmente solos, aunque en realidad me daba igual. El chico empezó a arrastrarse en un vano intento de huir mientras gemía algo ininteligible. Yo me acerqué a él y le sacudí varios golpes en la cabeza a la vez que le soltaba
—¿Quieres cinco euros, los quieres?
con los dientes apretados, silbando las palabras, escupiendo saliva de forma involuntaria debido a la brutal descarga de furia, hasta que oí un chasquido húmedo.
Entonces paré, recuperé la visión y miré con asombro primero, luego aterrada fascinación, el cráneo destrozado, del que se veía emerger algo que no reconocí y, supuse, era parte del cerebro.
No me regodeé en su muerte más de lo que lo hubiera hecho si hubiera sido cualquier otra persona, a pesar de mi profundo desprecio por las ideas fascistas; yo siempre había considerado a los jóvenes como aquél unas personas que querían "formar parte de algo", encontrar amigos de forma desesperada por ser ellos poco sociables o que simplemente se unían por aburrimiento. Con esto pretendo explicar que, ya en caso de haberse tratado de un policía nacional o de una ancianita desvalida, podría haber hecho lo mismo, en ese momento me era igual, y así sería en adelante.
Lo había hecho. Había llegado al centro comercial. Como había previsto, estaba lleno a esa hora. La gente se empujaba entre sí para entrar. Un lugar de ocio, de entretenimiento, se supone que es aquello. Pero todo el mundo, ya entrara o saliera, se mostraba aburrido, triste, incluso contrariado.
Dejé la bolsa de viaje en el suelo y saqué de ella el rifle; me lo colgué al hombro derecho, no sin antes hacer lo propio con mi espada y el cinturón de municiones. La gente me miraba con una levísima curiosidad en algún caso y con inerte indiferencia la mayoría. Me sentía como un guerrero de la carretera de un futuro apocalíptico rodeado de zombis balbuceantes e inofensivos.
Treinta metros me separaban de la entrada, nadie me detuvo mientras me acercaba decididamente, nadie pareció preguntarse qué iba a hacer, ninguna de esas languidecentes criaturas parecía alarmarse al verme, tan armado como iba, entrar en su centro comercial; refugio de horas muertas, de consumismo atroz industrializado, seriado y debidamente publicitado; uno de tantos lugares adonde la gente va a simular vivir, y que, ante su misma apatía, o gracias más bien a ella, se convertiría en mausoleo de no pequeño número de defenestrados.
Seguí caminando entre la masa de ruidosa futilidad hasta llegar a la plaza central, con su larga escalera y los acristalados tubos de sus dos ascensores. Al detenerme allí, pensé durante un momento que no podría hacerlo. La gente pasaba rozándome con sus hombros y sus espaldas, su calor y aliento me asfixiaba, pero eso mismo me hacía sentir parte de ellos como nunca. Quizá me engañaba, yo también era así, todos somos así, sería injusto emprenderla con personas que ni me conocían ni sabían de mis desgraciadas reflexiones... En esto pensaba, mirando absorto uno de los ascensores en su lento descender, cuando ocurrió.
Un hombre gordo, alto, de larga melena suelta, vestido con camisa de leñador arremangada, chocó conmigo casi tirándome al suelo. Debía haber sido sin querer, sin duda, pero eso lo desencadenó todo. Desenvainé de un solo movimiento mi katana, avancé los pocos pasos que se había alejado el tipo, y le golpeé entre el cuello y el hombro derecho. El tipo chilló con voz aguda y ahogada, un sonido confuso que fue ensordecido por el estruendo de la gente al gritar horrorizada, aunque a mi me sonó como la ovación del público de un circo romano, a la vez asqueado y maravillado por la matanza.
El exaltado asombro de mis espectadores me dio fuerzas para sacar la hoja de mi espada, que se había hundido pero bien en la carne del gordo, de un fuerte tirón, desparramando la sangre por el suelo. La espalda del gordo estaba abierta hasta la altura de medio pulmón, y por allí salía de todo; parte me salpicó la cara y el resto a los demás mientras el moribundo giraba alocadamente sobre sí mismo para acabar perdiendo el equilibrio y caer de forma aparatosa.
Curiosamente, pude observar, tras limpiarme la sangre de los ojos, que nadie se fijaba en mí, el hombre de la espada ensangrentada, y ni siquiera estaban emprendiendo una huida alocada unos sobre otros matándose mutuamente, como cabía esperar. Qué va. Lo que vi me pareció aún más delirante. Algunos chillaban, otros gritaban a pleno pulmón, otros intentaban decir algo imposible de oír, niños y madres lloraban, personas pálidas como cadáveres dejaban muertas sus mandíbulas, incapaces de articular palabra... Todos tenían una cosa en común: miraban al gordo debatirse entre dolor y miedo; contemplaban sus devaneos en el suelo, donde dibujaba filigranas con sus propios fluidos; presenciaban su lento escurrir hacia el oscuro desfiladero de la muerte, hacia donde resbalaba, sin poder evitarlo, con más bien poca dignidad, y, sí, cada uno reaccionaba a su manera, pero ninguno hacía nada por ayudarle. Nadie llamaba a una ambulancia; no se acercaba al rotundo semi-cadáver algún alma virtuosa que quisiera curarlo o siquiera consolarlo en sus últimos momentos. No me parecía real lo que veía; yo, el artífice, sentía repulsa como pocas veces pueda alguien sentir, y mi ira creció al ver como todos se recreaban en lo que había hecho, como si lo estuvieran viendo por la tele.
Yo quedé en un plano apartado, tras la masa curiosa que se arremolinaba sobre el pobre gordo, a punto de liarme a espadazos con las espaldas que se me ofrecían, cuando una mano sobre mi hombro acompañó a un recio
—Apártense, déjenme ver qué ocurre, joder —de uno de los guardias del centro comercial.
Observé, de manera instintiva, su arma, un calibre treinta y ocho en su pistolera, pero con la mano derecha sobre ella, lista para desenfundar. Me apartó suavemente para poder pasar.
¿Acaso nadie veía que tenía una espada ensangrentada en la mano? Castigué su descuido con un golpe igual al del gordo, un tajo vertical, de arriba a abajo. Esta vez, un brazo derecho cayó al suelo entre un montón de pies. El guardia sangraba como una fuente a presión por su hombro, salpicando a varias personas. No gritó, se detuvo en seco mirando su brazo, pisoteado por aquellos que intentaban apartarse de su lado entre nuevos chillidos de horror, y luego pareció caer desmayado, o muerto, no sabría decirlo.
Por fin parecía que se fijaban en mí, aunque fuera a fuerza de insistir. Todos me miraban espantados echándose de espaldas sobre los que tenían detrás. ¡Qué rostros, qué esperpentos, qué caricaturas de las mismas caras que pretendían aparentar control y seguridad en uno mismo pocos momentos antes! Noté cómo afloraba una pequeña sonrisa en mis labios. No recuerdo la última vez que sonreí, de manera sincera quiero decir, salvo esa, cuando vi caer derrotada toda hipocresía del carácter humano para mostrar, por primera vez en mucho tiempo, algo real, auténtico, que no cabía pensar que fuera falso. Esas personas, que de nada conocía, no me mentían, su miedo era verdadero. ¡Un sentimiento verdadero! Casi no cabía en mí de alegría, podría haber llorado, si hubiera tenido tiempo.
Pero no, enfundé tranquilamente mi espada; la gente gritaba y empujaba. Me descolgué el rifle del hombro, ellos saltaban unos sobre otros, se golpeaban, tiraban de todo lo que pudieran agarrar de quien tuvieran cerca, se usaban unos a otros como escudo. No había prisa, se movían mucho, pero no iban a ninguna parte, casi parecían estar vitoreándome, sacudiéndose a mi alrededor como posesos. Quité el seguro del arma y apunté con calma a uno cualquiera, un hombre joven con gafas.
Un seco petardazo, todo el mundo pareció callarse a la vez durante milisegundos, toda la masa de carne se sacudió en secos movimientos de sobresalto. Los sesos de mi objetivo tuvieron un agujerito nuevo para su ventilación. Sus gafas, atravesadas por mi bala, cayeron al suelo mientras su antiguo dueño era zarandeado unos instantes de un lado a otro por manos temblorosas, hasta que alguien lo empujó hacia delante, aplastando su cuerpo lo que quedaba de los cristales.


V
Juicio Final 2


Un cierto murmullo lloroso se había ido originando mientras el gafitas muerto era zarandeado por sus excongéneres inmediatamente después de la detonación de mi disparo, y creció súbitamente, como si una tormenta que relampaguease en el horizonte se teletransportara de golpe sobre mí. Aquel griterío me contagió su miedo por un momento, debido quizá a esa irracional empatía que se esparce como la pólvora sobre los individuos cercanos a un grupo enervado, y me vi incapaz de continuar presa de ese terror insustancial y sugestionado. Pero no, esa sobrecogedora sensación desapareció al segundo, pero, ¡qué emoción! Ser testigo y partícipe de ese miedo era una vivencia como nunca había tenido; ¡nunca tan vivo me había encontrado!
Demasiadas emociones, demasiado intensas y demasiado diferentes, sobre todo demasiado consecutivas. Debía centrarme y seguir con lo mío. Disfrutar, sí, pero no paralizarme de maravilla. Disparé el resto del cargador, los cuatro tiros que me quedaban, a uno y otro lado, a lo loco, cuidando tan solo de que las heridas fueran mortales. Tiros a la cabeza pretendían ser, pero sólo dos dieron en el blanco, los demás se hundieron entre el gentío vaya uno a saber dónde.
La gente no paraba de moverse intentando pasar sobre los demás, con cada disparo todos habían gritado al unísono, me parecía hasta cómico. Pero mi arma no estaba haciendo el verdadero daño. Se estaban matando ellos solos para salir de allí. Demasiada gente había venido al centro comercial; no tanto como para estorbarse al pasear, pero otra cosa era verles correr por sus vidas. Varias personas estaban tiradas en el suelo y eran pisoteadas sin escrúpulo alguno por sus conciudadanos. Alguna madre, vapuleada a golpes, tirones y empujones, gritaba desesperada mientras su niño era coceado de pies a cabeza, totalmente fuera del alcance de sus manos convertidas en tirantes garras impotentes. Cualquier otro no lo hubiera soportado, observar toda aquella violenta debacle, pero yo había llegado al límite. No era sorpresa para mi verles matarse para sobrevivir. No me estaban decepcionando en mi decepción, nadie socorría a nadie, un "sálvese quien pueda" en el más extremo sentido de la frase. Incluso dos de los guardias del centro podía distinguir luchando entre la multitud, ¡pero para salir, no a venir hacerme frente!
"Perros cobardes", estaba pensando yo mientras metía otras cuatro balas en el cargador, "tenéis todos lo que merecéis". Mi furia era más intensa que nunca. Estaba a punto de introducir el cargador en el rifle, cuando algo como una mordedura en mi hombro izquierdo acompañó a un petardazo seco que se impuso al griterío. El cargador se me cayó al suelo, patinando hasta tres metros de mi. Lo seguí con la mirada hasta que se detuvo y, alzando poco más la vista, pude verlo al fin.
De la misma dirección hacia donde se me había caído el cargador, de la misma desde la que me había disparado, vi al guardia del centro,quizá el único que no huía, abriéndose paso a golpes entre la gente para llegar hasta mí.
Su arma humeante, dirigida hacia mí, no paraba de zarandearse entre hombros y cabezas, era un milagro casi el que me hubiera alcanzado. El tipo no parecía ni llegar a los treinta años, pero a pesar  o quizá debido a ello, se entreveía en su mirada su determinación a detenerme. No había miedo en aquellos ojos hinchados y enrojecidos, sino ira, una casi tan intensa como la mía, que sin embargo él intentaba controlar, como no era mi caso.
—¡Suelte el arma, no se mueva! —le oía apenas gritar mientras avanzaba a trompicones hacia el claro que cerraban a mi alrededor las ululantes almas que eran mi presa.
Por fin alguien estaba reaccionando de verdad como una persona, alguien intentaba hacer algo para solucionar el problema y salvar a los demás. Por fin se enfrentaban a mi. Me sentía como el protagonista de un western sosteniendo aquella mirada colérica, mientras mi oportunidad de enfrentarme a la muerte yacía a tres metros en el suelo.
—¡Tire el arma o disparo! —gritaba cuando ya estaba apunto de entrar en mi territorio, de traspasar la marea de gente que le encerraría conmigo, mientras su calibre 38 no dejaba de apuntarme. Aproveché sus últimos forcejeos para tirarme en plancha sobre el cargador, ignorando el ardiente metal que ensordecía mis nervios con un dolor romo.
—¡No cabrón, no lo hagas! —masculló.
Disparó dos veces sin poder dejar de luchar con la masa de carne que lo atenazaba. Erró ambos tiros; por poco, he de concederle. Alcancé el cargador, lo cogí con mi temblorosa mano izquierda, que lo introdujo con increíble eficiencia en el rifle, y disparé mientras él me respondía a su vez, libre al fin.
Su tiro certero me alcanzó en la espalda, poco por encima de la cintura, lo cual no era extraño, con todo el blanco que yo ofrecía estirado en el suelo. Mi disparo, a su vez, impactó en medio de su cuello. El pobre tipo, un auténtico héroe en los tiempos que corren, se quedó con cara de estupefacción mientras daba un par de pasos algo vacilantes. El agujero de su cuello burbujeaba con sangre oscura.
Disparó una vez más, un nuevo blanco fallido, que levantó trocitos de baldosa junto a mi cara en el suelo. Finalmente cayó hacia delante, su cabeza a medio metro de la mía; sus manos lánguidas dejaron resbalar su arma hacia mí con su propia inercia.
No sabía dónde exactamente me había dado su disparo, sólo sentía la sangre caliente empapando mi camisa. No sabía si me había dado en algún órgano, pero era lo de menos. El caso era que podía levantarme. Me dolía mucho más el hombro, pero eso no me impidió estirar el brazo izquierdo y hacerme con mi nuevo 38. Acto seguido me puse en pie más o menos fácilmente.
Alguien había hecho saltar la alarma de incendios, y mientras yo me recomponía, toda la gente hacinada en el extremo del centro dedicado al hipermercado, que no sabía aún qué ocurría exactamente, trataba de salir a toda prisa hacia las puertas principales, que estaban en mi dirección. Los muy estúpidos tenían a su alrededor puertas de salida de emergencias cada pocos metros, pero, en vez de usarlas, la masa de gente que se alejaba de mí chocaba violentamente contra la que intentaba salir del hipermercado, que no sabía de que huía.
Yo no hacía más que observar como se aplastaba una corriente contra otra, como dos equipos opuestos en un juego sin objetivo. Se formaba una bola de carne y ropa dentro de la que la gente lloraba, gritaba, sangraba y reventaba, hombres, mujeres y niños por igual. Todos tan unidos en su dolor y desesperación, como no podían estarlo más sus cuerpos.
Con las alarmas sonando, sabiendo que enseguida llegarían bomberos, policías o algo, recuperé unas cuantas balas del cadáver del héroe que me brindó su arma. No perdí ocasión de disparar contra los que seguían las vías correctas de escape, o contra los que se debatían sin rumbo.
Cogía el rifle diligentemente con ambas manos, pero según me sumía en mi vorágine de tiroteo, opté por pasarme la cinta por el hombro, y disparar con una sola mano desde la cadera, mientras mi diestra esparcía muerte con el revolver. Mi puntería se resentía disparando a dos manos, pero la diversión era doble. Los aullidos del gentío que se retorcía  a mi espalda eran como el rugido de la bestia del apocalipsis, para la cual yo abría camino.
Ya notaba la sangre empapando mis pantalones, y aunque no me sentía desfallecer, sí que quizá estuviera entrando en un estado de ensoñación vívida. Me sentía febril y poderoso, como nunca antes. La carnicería desatada me embriagaba.
Decidí soltar mis armas de fuego y, empuñando tan sólo la espada, me sumergí en el infierno de carne humana que era ahora mi mascota. El olor del sudor, del aliento, y el sabor de la sangre de aquellas personas me hacía sentirme al fin en comunión con ellas, lo que quizá siempre había querido, pero a la vez reavivaba mi rabia.
Me fui hundiendo, abriéndome camino a espadazos, hasta que era parte indivisible del minimundo de cabezas aullantes y miembros retorcidos y truncados. Empezaba a perder mis fuerzas debido a mis heridas sangrantes. El calor y el sofoco me atenazaron. Ya apenas podía moverme. Oía gritos inhumanos desde todas partes a mi alrededor. Garras se agitaban o me atenazaban la carne de piernas y brazos. Sentía crujidos de huesos aplastados. Se olía y se veía el brillo de la sangre que inundaba el suelo liso.
Presa de la claustrofobia y la asfixia, empecé a no poder hacer más que abandonarme en aquella marea de carne frenética, ahogarme al fin en el cauce de cuerpos que se habían convertido en mi infierno.



Fin

domingo, 30 de abril de 2017

LA HISTORIA

Pasen y vean, majaderos...



La historia de "LA HISTORIA" es bien sencilla. Hacía más o menos seis meses (seguro que me equivoco) que había visto 3 veces en cines Mad Max: Fury Road, y por entonces, para colmo, mis hermanas me habían regalado el videojuego de Mad Max, una obra que se ambienta en el universo establecido en aquella última película pero que además engloba elementos de toda la saga con ingenio y sutileza, al tiempo que se muestra suficientemente original, tal y como hizo la peli.
    La película se ha convertido en una de mis favoritas de toda la vida; a veces, mientras la vuelvo a ver, hasta estoy convencido de que es la mejor película que he visto y veré nunca. El juego no es innovador, pero es uno de los mejores de la nueva generación de consolas y de los que más he disfrutado al estilo de mundo abierto (junto a Sombras De Mordor).
    En fin, el caso es que, como ya sugiere su portada, este relato es mi propio homenaje a una saga de acción que creció conmigo, y que sigue haciéndolo (y para mejor, quién lo diría).

Y ahora... que comience la función.


LA HISTORIA


El forastero llegó con unos aires bastante altaneros, caminando con un contoneo más propio de una bailarina exótica (de las que aún abundaban en lejanos parajes), pisando con un pie justo delante del otro, haciendo sonar con ímpetu las duras suelas de sus oscuras y pesadas botas de estilo vaquero, con oxidadas puntas metálicas y demasiado altos tacones. Con su gris gabardina sacudiéndose como las alas de un cuervo hambriento, al son de las oleadas del polvo del desierto que parecían amenazar sus andares vacilantes, despreocupados. Con los brazos muertos, como si no le sirvieran, y el rostro y el cabello envueltos en una suerte de enorme trapo o alguna sábana amarillenta, apenas una ranura para sus confundidos ojos. Así se le fue viendo venir desde hacía rato, desde más allá de la acuosa ilusión del calor sobre el agrietado asfalto que le traía hasta el asentamiento.
Algunos lugareños se quedaban unos pocos minutos mirando la difusa silueta que tenía que languidecer de calor bajo el sol del larguísimo mediodía; murmuraban y señalaban, discutían breve y apaciblemente entre ellos, y luego volvían a sus quehaceres, cada uno siguiendo su propia dirección. Para cuando el forastero llegó al límite del pueblo, el poco interés que había generado su lenta llegada había desaparecido por completo, y nada, salvo unas miradas ceñudas bajo el sol desde decenas de metros, hacía ver que hubiera alguna expectación por la identidad o motivaciones del desconocido.
El forastero, algo más al resguardo de los aires polvorientos de la carretera al acercarse a un precario pero bastante firme toldillo a su derecha, se descubrió la cara y tosió, antes de sacarse el trapo amarillento de debajo del cuello de su abrigo y sacudírselo contra el muslo izquierdo.
—¿Qué le trae a nuestro pequeño lugarcito, “pateagravas”? —le sobresaltó una sombra retorcida que se sacudía hacia él desde la sombra del toldillo, sujeto con tubos de oxidadas señales de tráfico y unos pocos mangos de palas.
—¡ME CAGO EN...! —exclamó el recién llegado, volviéndose hacia el anciano que se le acercaba en sigilo, pese a cojear—. ¡Joder, viejo, no haga eso! ¡Podría haberle matado!
—Hmmm —hizo el anciano rascándose la calva cabeza, y procediendo además a carraspear como asfixiado por densas flemas—. No. No parece usted un asesino. Y tengo vistos unos cuantos montones de dedos de mano sana, de esos... Demasiado pulcro... ¡Afeitado, cabello recortado! Sus ropajes... —el viejo sacudió un dedo retorcido señalándole de arriba abajo—. No. Usted parece un hombre medianamente civilizado. Si es que aún hay de eso...
—¿Usted conoce la civilización? —le preguntó el hombre con cierta ilusión en sus entrecerrados ojos, cuarteados de polvo seco en las pestañas—. Quiero decir... ¿Conoció la civilización?
—Bueno... apenas la recuerdo... Y eso que ya casi era viejo para cuando la vi terminar...
—Respondiendo a su pregunta... —continuó el hombre, interrumpiendo al anciano y mirando la extensión de chabolas y edificios derruidos remozados para vivir por aquellas gentes—, precisamente es la civilización lo que me trae hasta aquí.
—¡Oh, no me diga...! —le interrumpió el anciano con sorna, a su vez.
—Sí —continuó el extranjero, sin mostrar ninguna ofensa—, vengo de un lugar donde estamos haciendo cosas. Grandes cosas. Tenemos “lectricidad”, tenemos agua, comida... ¡y planes para extendernos!
—¿Ein? —volvió a interrumpir el anciano, estirando el cuello hacia él como una tortuga curiosa—. ¿Y saqueadores? ¿Sanguijuelas? ¿De eso no tenéis?
—No —sentenció el hombre, mirando al anciano ahora con severidad—. Tenemos justicia. Leyes. Orden. La base de la civilización. Luchamos contra moradores del desierto. Caníbales y rapiñeros. Combatimos la oscuridad de las catacumbas. Y a todo emplazamiento con el que buscamos alianza, les ofrecemos eso mismo: la persecución y “purgarizatización” de los males que los aquejan, sean éstos plagas del yermo o el azote de “brutalizantes”.
—¿Purgaqué? ¿Brutaqué? —replicó el anciano confundido—. Es decir, que sois mucha gente organizada y estáis creciendo...
—Dicho rápido, así es.
—Pero viajas a pie, “pateagravas” —sentenció el anciano, tomándose nuevas confianzas—. ¿No tenéis bólidos? ¿No hay combustible, de donde vienes?
—Era sólo un niño la última vez que vi moverse algo con ruedas, anciano. No conocemos la gasolina. Algunos, más jóvenes, creen que es un mito: ¿un agua que alimentaba máquinas que rugían como enormes perros rabiosos...? Yo... Porque lo recuerdo, ¡vagamente!, pero hasta a mí me cuesta creer que aquello existiera.
—¡Vaya...! —exclamó el anciano—. Entonces, ¿tanto tiempo ha pasado?
—¿Qué quiere decir?
—De la última vez que vi un bólido... Incluso todo este tiempo he seguido creyendo que aún corrían por el páramo, retumbando en las montañas los ecos de sus explosiones, el zumbido de sus neumáticos levantando tormentas de polvo a su paso...
—De donde vengo, se cree que esas máquinas sólo eran instrumentos de muerte, demonios que vivían por el fuego y que poseían a sus tripulantes volviéndolos locos... Hasta yo mismo empezaba a creérmelo, de tanto oírlo... —recordó el forastero, meneando la cabeza y mostrando una sonrisa torcida.
—¡Oh, no, en absoluto eran demonios! ¡Sólo máquinas! ¡Meros vehículos! —exclamó el anciano, como escandalizado de las supersticiones, de hasta dónde podía llegar la ignorancia de otras gentes del yermo—. Sin embargo... la última vez que vi un bólido... Sin duda traía dentro algo que lo conducía, pero nos fue difícil a muchos de nosotros disociar a la máquina de aquel hombre...
—¿“Disociar”? —repitió el desconocido, confuso.
—Hmmm —titubeó el anciano, recordando que la lengua había cambiado. Prevalecían menos palabras para decir las mismas cosas. Y quizá fuera lo mejor—. No podíamos distinguir una separación entre el hombre y su bólido, incluso cuando el hombre se alejaba centenares de metros de la máquina...
—¿Como si realmente le poseyera, o compartieran alma?
—Más bien como si el hombre careciera de ella... Como si fuera tan vacío, inerte, pero al tiempo salvaje, como el poderoso motor que sobresalía gris y brillante sobre la parte delantera de su negro bólido.
—¿Era un “brutalizante”?
—No sé decirte... brutal sí que era...
—Quiero decir si llegó para daros problemas...
—No... todo lo contrario en realidad... —afirmó el anciano, meneando negativamente la cabeza, sin embargo—. Este lugar siempre fue tranquilo, sin duda, pero no tan acogedor y benévolo como lo es ahora... Si eso cambió, fue por él, por “el conductor”.
>>Como te digo, “pateagravas”, este era un lugar tranquilo. Desde la lejanía, e incluso paseando por entre los chamizos, tú hubieras creído que aquí podía reinar la felicidad. Pero allá, al fondo, casi al final del pueblo hacia donde cae el sol, había una casa, una gran casa, casi intacta, no como estos cimientos partidos que ves por aquí cerca. Allí, donde ahora sólo hay un cráter de escombros, era que estaba esa casa. Y en su interior, era donde se perpetraban horrores que, si conoces a los salvajes moradores del yermo, podrás imaginar, si es que no has visto ya.
>>Desde no mucho después de que la civilización, y con ella todas las leyes, desaparecieran, aquellos depravados habían llegado de no sabíamos dónde, y se habían hecho los dueños de nuestro sencillo asentamiento... Como te digo, yo ya era un viejo cuando todo aquello ocurrió, y la mayoría de nosotros éramos supervivientes por casualidad: ancianos, familias con niños, y gente aquejada de enfermedades desconocidas que habían contraído durante nuestro errar por el yermo, antes de decidirnos todos a echar raíces en este lugar. Ellos eran fuertes, y sanguinarios, y nos sometieron. Eran como una familia: se llamaban entre sí hermanos, los nueve, pese a que no se parecían en nada unos a otros. Y por bastante tiempo se dedicaron a robarnos buena parte de lo que comíamos y bebíamos, después de obligarnos a conseguirlo. Al principio. Más tarde, como si la comodidad y la rutina les hastiara y buscaran nuevas emociones... entonces, empezaron los horrores.
>>Empezaron a llevarse a las mujeres y niños a su casa, donde los tenían días y días, y de donde regresaban prácticamente moribundos, maltratados hasta el borde de la muerte, profanados hasta la extenuación... Y más adelante, con el tiempo... Empezaron a dejar de volver. Recuerdo cómo, de noche, el olor de la carne quemada me despertaba... ¡me embargaba una terrible mezcla de terror y envidia! ¡Vergüenza! Olía a gloria, pero sabía que habían empezado a comérselos... ¡a comerse a los más tiernos, a los niños!
>>El tiempo pasaba. A quienes intentaban huir los aniquilaban y torturaban en público. Su gula crecía, y empezaron con la cría... Violaban a las mujeres con regularidad, y devoraban los tiernos bebés. Sí, lo sé. Veo tu cara y te preguntas cómo lo permitíamos... El miedo, ¡la impotencia! No había nada, forastero. ¡Nada que poder hacer! Sólo miedo, hambre, extenuación, dolor... ¡Y el horror! Y no sé cuánto tiempo después de aquel infierno, fue que pasó.
>>Llegó el bólido negro. Llegó “el conductor”.
>>El rugido de esa negra máquina se escuchaba desde kilómetros, rebotando contra la roca de las colinas. Cuando la luna se alzaba roja, en mitad del ocaso, por el horizonte, fue que alcanzamos a ver cómo una tormenta de polvo le sucedía. ¡Desde por allí, rodando por la misma carretera por la que has llegado, forastero! Los nueve hermanos sanguinarios habían salido a mirar quién llegaba, como imaginarás, pues ya por aquel entonces no era nada común escuchar el tronar de motores, y menos aún llegar a ver de cerca uno de ellos. Todos sabíamos lo que ocurriría: el desconocido sería asesinado tan pronto como frenara su máquina en el pueblo, y, todo lo suyo, se lo quedarían los hermanos. Yo, observándolo todo, deseaba en secreto que el forastero pasara de largo, o mejor aún, que cruzara con su bólido por mitad del pueblo, atropellando a todos los hermanos... Pero nada de eso. Tras acercarse a gran velocidad, como una gran bala empujada por el polvo, frenó en seco, haciendo saltar piedra y polvo contra quienes observaban de más cerca y algunos de los hermanos...
>>El polvo se disipó, y el bólido permanecía quieto, sin luces, con el potente motor roncando como un feroz monstruo durante un profundo sueño. El conductor parecía invisible en la oscuridad total del interior, que a la vista fluía hacia fuera como una borrosa bruma a través de toda la cabina sin cristales... Los hermanos, varios de ellos, gritaron desatados... ¡Exigían que saliera, que se rindiera, que se cortara él mismo el cuello para ahorrarse todo lo que le harían! Y al final, Petro, el más fuerte y grande de ellos, corrió hacia el lado del conductor, impaciente.
>>La puerta se abrió de golpe contra las piernas de Petro, haciéndole caer a un lado. El conductor la había abierto de una tremenda patada, y ya hacía salir toda su oscura silueta. Sin demora e ignorando las amenazas de los demás, se acercó a Petro y le pateó la cabeza, evitando que se pusiera en pie para enfrentársele. Lo hizo rodar sobre sí mismo, escupiendo dientes, y con una silenciosa brutalidad que nunca habíamos presenciado empezó a pisarle la nuca una y otra vez, sin que ninguno pudiéramos contar cuántas veces ni medir a qué ritmo, mientras el cráneo de Petro se hundía contra el duro suelo arenoso y empezaba a doblarse y quebrarse con los devastadores taconazos.
>>Sin duda que ya estaba muerto, y aunque algunos de los hermanos se habían quedado estupefactos, tres de ellos se lanzaron a por el conductor con sus palos y cuchillos. El hombre se volvió tranquilo a dirigirles una mirada tan negra como lo era su vestimenta, agitando el largo pelaje animal que le cubría cabeza y cara. Sólo un par de brillos bajo el ceño hacían pensar que de verdad allí había unos ojos humanos, ¡era aterrador! Pero los hermanos, como te digo, “pateagravas”, estaban furiosos. No vieron el peligro de su paciencia: esperó a que le atacaran y, te lo juro por lo que sea en que creas, que evitó sus golpes como si hubiera visto millones de veces moverse así a aquellos hombres. Les aplastó la cara a pacientes puñetazos a los tres, sin dejar de moverse, evitando sus rabiosos ataques... Te aseguro que, pese a recordarlo como si lo viera ahora mismo, aún me parece mentira aquello, forastero...
>>Los demás hermanos huyeron, mientras tanto, hacia su mansión al fondo del pueblo, pensando, imagino, que si se atrevía a perseguirlos serían capaces de sorprenderle por el amplio y laberíntico interior... Pero sin duda que no fue así. No sé cómo se desarrolló el combate dentro de aquel lugar, mi nuevo amigo, pero sé que todos vimos salir al conductor un buen rato después de la misma manera que entró: tranquilamente, ¡e intacto! Y que desde el interior, la mansión de los hermanos empezó a dejar salir llamas cada vez por más de sus ventanas, hasta que se convirtió en una pira gigante que consumó el fin de nuestro terror mientras la contemplábamos durante horas, sumidos todos en la incertidumbre respecto al futuro y el pánico a las represalias de los hermanos por aquello, aun sabiéndolos a todos muertos: ¡hasta ese punto nos tenían amaestrados!
—¡Es toda una historia, anciano! —expresó el forastero, mirándole evocar todo aquello como sumido en un trance—. ¿Y qué pasó con aquel extraño, “el conductor”? —inquirió, dejando vagar su mirada distraída de nuevo por el pueblo—. ¿Se quedó aquí, con vosotros? ¿Es ahora vuestro líder?
—No —suspiró el viejo, como si recordar todos aquellos detalles hubiera sido un largo esfuerzo físico—. Como nosotros, se quedó mirando la casa arder, allí delante, en mitad de la carretera, hasta que el fuego se extinguió, poco antes del amanecer. Después fue hasta su bólido, lo hizo rugir como si celebrara la carnicería, y siguió la carretera a través del pueblo, desapareciendo antes incluso de que iluminaran los primeros rayos del sol. No dijo nada. No miró a ninguno de nosotros. Y nadie se atrevió a dirigirle la palabra desde la distancia, ni a acercarse lo suficiente como para poder distinguir si era joven o viejo... Durante todas las horas que duró el incendio... Él sólo permaneció de pie, quieto, mirando el fuego...
—Entonces... —empezó el forastero, volviéndose a mirarle de nuevo—, ¿qué quería? ¿Por qué cree que les ayudó, anciano?
—No lo sé —sacudió la cabeza—. Supongo que estaba acostumbrado. Eso es algo que saltaba a la vista. Su manera de moverse, de pelear... Para él, esto no era nada. Creo que vio a los hermanos sanguinarios, y luego nos vio a nosotros: escuálidos, arrastrándonos temerosos... Y supo de inmediato lo que pasaba aquí. Si me preguntas por qué detuvo su viaje para salvarnos... No lo sé. Ni siquiera se llevó nada de los hermanos. No saqueó sus cadáveres ni su mansión del horror.
—¿Me estás diciendo, anciano, que hay una especie de “salvador”, recorriendo el yermo?
—No... —negó el anciano con cierta tristeza—. Le estaré eternamente agradecido a ese hombre, por devolvernos las riendas de nuestras vidas... pero creo que no era ningún salvador. Creo que sólo un loco más, como tantos que aún hay por ahí fuera. Sólo que, su locura, era de otra clase...
—¿Qué quiere decir, anciano?
—Como te dije, no nos habló... ¡no nos miró! Nos salvó, ¿sabes? Podrías pensar “arriesgó su vida para ayudar a unos desconocidos”, y creo que no fue así. Creo que para él no hubo en ningún momento riesgo ninguno. Tendrías que haberlo visto, ¡si lo hubieras visto, me creerías! A ese hombre ningún otro le podía matar. Pero no es ningún salvador. Para él no éramos nada. Nos ayudó como bien podría ayudar a un perro con la pata atrapada o a una mosca que se agita en el agua. Para él, no existíamos. Estábamos en otro nivel, fuera de su realidad...
—Pero aun así les ayudó... —dijo el forastero con una sonrisa torcida—. ¿Por qué dice que estaba loco? Debería estar agradecido, y más bien parece triste, al recordar todo esto...

—No digo que estuviera loco... Pero lo deseo. Y estoy triste, porque ese hombre, ese héroe extraordinario, abandonó a la humanidad mucho, mucho tiempo antes de llegar a nuestro pueblo y salvarnos. Él no quería la vuelta de la civilización, no quería saber nada de nadie. Para él éramos todos animales —el anciano alzó la mirada y la clavó en los ojos del forastero. Estaba llorando—. Deseo creer que estaba loco, porque no quiero pensar que tuviera razón.

martes, 29 de diciembre de 2015

SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES

Pasen y vean, majaderos...











Este relato no tiene mucha historia detrás... Siempre me gustaron los superhéroes, aunque nunca he leído demasiados cómics (me gustan, pero de pequeño me gustaban mucho más otras cosas, como los videojuegos... y ya eran un vicio bastante caro), y cuanto sé sobre ellos prácticamente se ha reducido siempre a las versiones cinematográficas.

Como curiosidad diré que en mi mente veo al fallecido Christopher Reeve como Superman en este relato. Lo de que se enfrente a zombis, es porque es otra de las cosas que más me gustan de la ficción general, y no sé si en los cómics ya se enfrentó a los muertos vivientes (supongo que sí, porque debe haber de todo), pero esta es mi versión de cómo afrontaría Superman el apocalipsis zombi

Otra curiosidad es que el símbolo de Superman de esta portada lo dibujé yo mismo en Paint, y luego fui rompiendo con color negro las líneas para darle ese aspecto envejecido. Es una chorrada pero estoy contento de cómo quedó.

En fin, nada más...


Y ahora... que comience la función.





SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES

El aire hacía ondular levemente su capa mientras se dejaba alzar en lenta deriva hacia el continente de nubes, una masa de vapor de agua teñida en tonos rojos y anaranjados allí donde los jirones enrollados despuntaban en el sentido de la gravedad. Los huecos de las alturas se mostraban de un azul de profundidad marina. El Sol, la fuente de todo su poder, la base de la vida en aquel planeta tan distante a todo lo demás en el universo, hacía verse el kilométrico macizo nuboso con la solidez de la roca gastada y pulida y con la dinámica de una marea de agua congelada instantáneamente en mitad de una furiosa tempestad. Kal-El pensaba que era hermoso; no sólo su cielo, también el suelo lo era, antes, a pesar de la superpoblación y la descontrolada explotación del terreno y los recursos por parte de sus protegidos, los terrestres: seres capaces tanto de las más inimaginables proezas, y con infinita imaginación, como de las más antinaturales y perversas de las acciones o actitudes. Realmente, aún se preguntaba si el desastre había sido provocado por ellos; quizá algún experimento que había escapado a las medidas de control, o el desenlace triunfal del plan de una mente genial y desquiciada...

Había empeorado tan rápido que no había tenido tiempo de investigar la causa o la identidad de los culpables. Sólo... sólo había podido luchar, luchar durante semanas, arrasar con millones de personas que se habían abierto paso desde la profundidad de sus fosas bajo tierra o que habían hecho añicos las losas de sus nichos para atacar a los vivos, quienes resucitaban a su vez, en todas partes, en todo el mundo al mismo tiempo. Los resucitados eran como auténticos demonios, rápidos y con la fuerza desatada de un gorila; la gente no era rival contra esos seres, virtualmente inmortales. La mente de analista científico de Kal-El no era capaz de elucubrar una explicación física y lógica, a decir verdad: los seres sólo podían detenerse reduciéndolos a pedazos lo bastante pequeños para no representar una amenaza por sí mismos. De nada les servía a los aficionados al cine de zombis todo su conocimiento, y por instinto todo el mundo disparaba o golpeaba contra las atolondradas cabezas de los resucitados, la mayoría perdiendo la vida a manos de los monstruos de sesera abierta. A golpes, devorados, estrangulados o pisoteados, así terminaban su estresante carrera de supervivencia la mayoría. La masa de muertos aumentaba y se esparcía por el mundo a la velocidad de un maremoto que socavaba la tierra, ascendía la roca, arrasaba madera y metal y aniquilaba toda vida que quedara al descubierto.

La peste que le traía desde tanta distancia la superioridad de todo sentido le recordaba la frustración de la que se había abstraído por esos segundos en los que buscaba la reconfortante luz solar que recargara sus fuerzas. Por debajo, a centenares de metros, el manto negro y denso de la tormenta sobre los restos de Metrópolis, bajo el que se arrastraba una mancha de corrupción provista de infinitos pares de piernas. Suspiró e inició un feroz picado atravesando la estática que arrojó sobre él rayos que su fisonomía extraterrestre dispersó y desvió a su alrededor en la forma de ondas esféricas de ionización que aún se mantuvieron oscilando con movimientos pendulares al salir de las nubes, quemando la humedad de la lluvia furiosa que parecía suspendida en el aire mientras la cruzaba a cinco veces la velocidad del sonido. En la distancia, los supervivientes de la guerra contra los muertos, hacinados en la pequeña isla del Centro Internacional de Convenciones, vieron cómo un rayo esférico se estrellaba contra el río que rodeaba la isla, por el lado sur, quemando y hundiendo el agua por un segundo en la forma de un tubo antes de que ésta se derrumbara hacia el espacio vacío explotando en un géiser de vapor.

Kal-El se abrió espacio girando sobre sí mismo, moviendo el agua a su alrededor y desperdigando el ejército de muertos que vadeaba por el fondo cruzando hacia la carne viva de la isla, avanzando unos sobre otros en una marea submarina de varios cuerpos de altura. La masa zombi rugió al sentir el sacudirse de la vida entre ellos, con sus gargantas sin aire haciendo vibrar el agua en un rumor que por cada solo individuo sería imperceptible al oído humano, pero que en conjunto producía un concierto unísono, tan implorante como inquisidor, que removía la tristeza y la repugnancia natural de la humanidad inherente de Superman.

Cansado y harto, sabiendo que sólo estaba ganando tiempo para los últimos de sus conciudadanos, incapaz de abandonar una lucha que no acabaría como no fuera arrasando el planeta entero, les devolvió a los resucitados su grito sordo de frustración en el momento en que los más próximos intentaban arañar y mordisquear la piel inquebrantable, alguno llevándose un pedacito rasgado de traje azul o de la capa roja por trofeo; un sonido que se propagó por el agua con una potencia tal que los tímpanos explotaban, e incluso buena parte de los huesos del cráneo de muchos muertos vivientes se partían por la vibración.

Desde la isla, los supervivientes sintieron el leve seísmo que producía su voz, antes de ver el río iluminarse en rojo y bullir: Kal-El calcinó a los muertos en todas direcciones, evaporándolos junto con el agua que le rodeaba, produciendo un vertiginoso torbellino, un cono gigantesco y abismal de agua que giraba mientras caía donde desaparecía la que se convertía en vapor. Se desplazó usando la levitación, sin que el agua mermara en absoluto su avance, hacia la orilla desde la que la masa zombi se arrojaba al río como un afluente contaminado, una gigantesca catarata de cuerpos putrefactos que hizo estallar en llamas ascendiendo de las profundidades con el calor de sus ojos aún encendido en la forma de un haz de láser de cuarenta metros de amplitud. Los cadáveres vivientes salían impulsados hacia los cielos, completamente inútiles, cayendo por todas partes a centenares de metros alrededor, muchos hacia la oscuridad cada vez más ponzoñosa del agua del río de Metrópolis, la mayoría derrumbándose como un manto de brasas hacia la calle mayor desde la que se avecinaba toda la jauría.

Superman subió un poco más en su vuelo, mientras arrojaba su aliento gélido hacia los cuerpos carbonizados, al tiempo que moldeaba con más láser de su visión calorífica el conjunto de cuerpos calcinados y retorcidos, forjando y templando con ambos poderes una sólida bola repugnante de carbón orgánico. Descendió a toda velocidad antes incluso de que el inmenso martillo fabricado tocara el suelo, y le dio impulso con una feroz patada que lo estrelló contra la calzada de Metrópolis con la fuerza de un meteorito cayendo desde más allá de la atmósfera. El impacto sacudió la tierra, cientos de calles se resquebrajaron, los edificios se partieron en dos, derrumbándose sobre sí mismos o contra los adyacentes, mientras un huracán de cristal y hormigón se desperdigaba por kilómetros, aplastando a la infinita muchedumbre zombi bajo un manto de metralla al que siguió la caída de buena parte del suelo de la ciudad sobre el vacío de los varios niveles de metro subterráneo.

Los cadáveres sufrían una mutilación y aplastamiento que sólo las civilizaciones azotadas por el cataclismo natural más salvaje podrían haber conocido en el curso de su extinción, mientras los supervivientes de la isla del Centro Internacional de Convenciones resultaban protegidos de la debacle por Kal-El, que volaba a velocidad supersónica manteniendo a raya el denso polvo del impacto con su aliento, y desviaba a terribles puñetazos los pedazos gigantescos que la ciudad moribunda había escupido al cielo en su exhalación final, y que ahora caían como las bolas de cañón de un bombardeo, numerosas y letales.

El impacto mató de ataque al corazón a tres personas, y causó aturdimiento y pérdida temporal de audición al resto; por acto reflejo, todo el que no cayó desmayado se tiró al suelo, y muy pocos consiguieron sobreponerse a la pérdida de equilibrio y la desorientación lo suficiente como para poder volver a incorporarse, y sólo para visualizar el infierno desatado más allá de la orilla de su isla. El mundo era una negrura sucia de la que el gris mate de la tormenta era techo. El interior de las nubes seguía destellando con furiosos relámpagos cuyo trueno era imposible distinguir del murmullo de la destrucción que acontecía en Metrópolis, que caía y caía sobre sí misma y cada vez más profundo, como si fuera un circuito de fichas de dominó.

No había acabado con todos los muertos vivientes que quisiera. De hecho muchos se escabullían de entre los escombros aún en movimiento, ignorando su falta de algunas partes o lo agujereado de sus cabezas o torsos. Cuando estaba pensando en sobrevolar los supervivientes para comprobar su estado, aún explorando toda Metrópolis con un veloz barrido a rayos x desde las alturas, un nuevo rumor unísono llegó a su audición supernatural. Gozaba de la intensidad aquejada de rabia y maldición de la masa zombi, y hasta del monótono rugido coral, pero estaba hablando, ¡hablando! Muchas voces antinaturales alzando una declamación desde las profundidades del centro de la ciudad, cercado por barricadas de edificios desplomados.

—¿Cuánto tiempo más? —aullaban esas voces, en el idioma de cualquier ciudadano de Metrópolis, perfectamente comprensible para él, aunque no comprendiera cómo podía estar pasando—. ¿Cuánto tiempo seguirás tratando de evitar lo que ha de pasar?

Kal-El atravesó la atmósfera de polvo y ceniza de cadáveres pulverizados que inundaba las calles, aterrizando en mitad de la plaza que había sido centro del barrio más comercial de la ciudad. Entre la densa polución del desastre que había ocasionado, Superman podía ver algo palpitar. Una cosa grande y amorfa, pero que rodaba con cierta solidez, no sin amenazar desparramarse en la dirección en la que convulsionaba, distinta a cada segundo. Parecía avanzar con aleatoriedad, pero sin duda lo hacía hacia él, ahora que había tomado tierra. Superman se había enfrentado a muchas cosas raras, hasta alcanzar sus 54 años de edad: había conocido seres de otros mundos, de otras dimensiones, y de especies inimaginables y desconocidas del todo para el extenso escrutinio del universo de su raza, los kriptonianos, e incluso había sufrido en sus carnes la impotencia del sometimiento mediante la magia de muy extraños personajes. Pero ahora se le dirigía de voz y presencia una cosa harto repugnante...

—¡Fuera, por favor, fueraaaaa! —le rugía, o le rugían, según se mirase—. ¡Hazte cargo de que éste no es asunto tuyo, no te concierne, no debes influir en esto, y de todas formas en ninguna forma puedes influir...!

La cosa seguía avanzando. Empezaba a simular un remedo de ser bípedo, de características homínidas. Ya daba pasos, en vez de rodar, pero Kal-El no podía concederle más dignidad al ser, o lo que fuera. De alguna forma una fuerza mantenía juntos en posturas difíciles, imposibles, a los muertos vivientes, que se aglutinaban aplastados, truncados unos contra otros, en bolsas de carne reventada de la que sobresalían huesos y órganos, con los brazos y piernas asomando con movimientos espasmódicos allí donde probablemente no habían encontrado lugar para encajar.

Al caminar, el peso de cada paso hacía sonar todos los cuerpos al unísono, rompiéndose y rasgándose toda la materia cárnica, astillándose todo hueso, haciéndose papilla ponzoñosa al tiempo que de alguna manera simulaba ser algo dotado de alguna solidez. Superman sentía verdaderas nauseas en su estómago, en ayunas desde cerca de un mes. Sus ojos azules, hundidos por el cansancio y la vela constante, enrojecidos por la extenuación de sus poderes oculares, rompieron a llorar de rabia, mientras le gritó a la cosa, de la que no quería saber nada, de la que no quería recibir órdenes y que ni siquiera quería estar viendo moverse... ¿Acaso se había vuelto loco? ¿De verdad estaba viendo eso?

—¡¡Los estás matando a todos!! —rugió con la voz reverberante que sólo a un dios podría atribuirse, preso de una ira descomunal, toda su poderosa fibra extraterrestre, alimentada por el sol amarillo durante tantos años, aquejada de una tensión tal que la alta temperatura de su cuerpo estaba fundiendo las partículas de humedad a su alrededor.

—¡Ellos lo han elegido así! —mascullaron las bocas, algunas ahogadas entre los pliegues de carne y las vísceras que se frotaban en constante movimiento, otros rostros apretados contra los restos de las vestimentas de otros cuerpos, como jugando a ser fantasmas. Los cadáveres se mantenían prietos con una gravedad descomunal dotando a la forma que componían cada vez más consistencia, hasta el punto de empezar a resultar en una masa forzuda, que se mantenía en pie resuelta, imitando bastante bien una forma humanoide del tamaño de un autobús, aunque sin cabeza. Siguió explicándose, la pesadilla de cuerpos cimentados en sí mismos.—¡La masa crítica de su conciencia colectiva ha superado con creces lo permitido, el dispositivo de seguridad ha sido activado, alienígena! ¡Van a desaparecer y no lo puedes evitar!

Kal-El estalló de furia, incapaz de mantener más la calma tras toda la devastación que había ido desperdigando por el planeta en un vano intento de detener a los humanos resucitados. Su lucha contra ellos por defender a los aún vivos no sólo terminaba con los restos de la civilización, sino con el mismo clima, con las demás especies naturales de la Tierra. No sería descabellado escuchar a algún superviviente decir que Superman llevaba tiempo al borde de la locura; de hecho la mayoría había empezado a pensar, en el momento de mayor recrudecimiento de la lucha contra los zombis, a nivel mundial, que sus métodos eran tan perjudiciales como el uso de las armas nucleares. Ni él mismo sabía ya si seguía cuerdo, escuchando el críptico discurso de un montón de zombis amalgamados.

—¡¡¡CÁLLATE!!! —rugió, el estampido sónico de su voz haciendo temblar la carne apretada de la criatura, crepitando con la vibración los huesos aplastados y debilitados, removiendo el polvo de hormigón y vidrio con la fuerza de un huracán.

Se lanzó directamente contra la criatura, deshaciendo la imposible unión entre los cuerpos, y partiendo por la mitad buena parte de todos ellos, las vísceras deformadas explotando como soltadas repentinamente a la falta de presión del espacio. Mientras el ser caía derribado por el impacto que lo había agujereado a la mitad, Superman continuó volando, ascendiendo a toda velocidad para dejarse caer hacia la masa de cuerpos que se sacudían buscando de nuevo la espantosa unión.

Cayó directamente en mitad de ellos, aplástándolos bajos sus pies, golpeándolos contra el suelo con una fuerza que provocó un cráter de varios metros de profundidad, hundiéndose con ellos bajo tierra, mientras la sangre y las entrañas explotaban a su alrededor, volviendo rojo por completo su traje y su piel, haciendo a su boca saborear los fluidos podridos y pastosos que mantenían engranados los movimientos de las criaturas semimuertas... Piernas arrancadas de cuajo, y con las articulaciones desviadas, intentaban patearle mientras torsos sin brazos y manos que se arrastraban solitarias intentaban morderle y arrancarle la piel: la masa de los muertos se cerraba sobre él como la trampa de una planta carnívora, mientras cada uno de los individuos que la formaban hacía lo imposible dentro de sus capacidades para intentar acabar con él.

Los muertos se apretaron, convirtiéndose en su techo, paredes y suelo. Le echaban sus alientos malolientes y sin calor, y le manoseaban a golpes de uñas que se desconchaban y de dientes que se partían bajo la presión desesperada con la que lanzaban los mordiscos, todo eso mientras le restregaban sus vísceras pútridas colmadas de excrementos por todas partes. La bola parecía estar intentando asfixiarle, encerrándole bajo un peso mucho mayor del que la cantidad de muertos realmente sumarían... Algo sobrenatural intentaba matarle o disuadirle, pero Kal-El podía aguantar la respiración durante cerca de una hora sin problemas, permitiéndose incluso volar por el espacio gracias a cómo soportaba su cuerpo las altas presiones o la falta absoluta de ellas. Intentó destrozar la presa empujándola y soltando devastadores puñetazos, pero las carnes se deshacían bajo su empuje, adhiriéndose a su cuerpo en movimiento como una pasta inquebrantable.

Usó su poder de levitación para subir con la bola de carne a cuestas a una velocidad tal que prácticamente se apareció más allá de la atmósfera, donde los cadáveres no soportaron las bajas temperaturas, convirtiéndose en un gigantesco copo redondeado de cristal. Superman lo hizo añicos proyectándose en dirección de descenso hacia Metrópolis, pero tan pronto como dejó tras de sí una vez más la frontera negra de la tormenta, descubrió que en la isla de los supervivientes se había desatado la locura por la matanza a manos de los muertos vivientes.

Las personas que habían muerto de infarto a causa del poderoso impacto del martillo de cadáveres carbonizados de Superman se habían alzado de nuevo para atacar a los demás, todo eso mientras él había estado enfrentando su desconcierto ante la infame megamente conformada por los muertos. La gente corría en círculos o intentaba saltar al agua del río, pero los muertos recientes no se cansaban y resultaban implacables, incluso se tiraban tras los que echaban a nadar, agarrándose a ellos para arrastrarles hacia el fondo mientras les propinaban golpes y mordiscos... Kal-El se maldijo en silencio, apretando los dientes hasta hacerse sangrar las encías y tensando los puños hasta el punto de hincarse las uñas en las palmas. Todo era inútil: incluso de la muerte natural volvían los humanos como cadáveres asesinos, y el puñado que había estado intentando mantener con vida estaba siendo masacrado bajo sus pies. No había futuro para sus protegidos. Estalló en una locura desatada, voló directamente contra el Centro Internacional de Convenciones de la isla, fundiendo con su mirada de láser la cúpula y su interior, y los cimientos bajo las varias plantas de aparcamientos, y la tierra blanda y arenosa de más abajo, haciéndola cristalizarse en rojo blanco mientras volaba en mitad de ese infierno, hacia el que se precipitaba toda la isla, junto a los muertos vivientes y los pocos supervivientes que aún sollozaban sin esperanza. Todo caía sobre él, hacia él, allí abajo, donde era señor del fuego bajo la tierra: el fuego de sus ojos, con el que veía tanto como destruía. Sacudía a manotazos el fluido que parecía vivo, que ondulaba por la fusión de sus ojos y la semisolidificación en las partes más alejadas del centro de las llamas de luz. La isla siguió hundiéndose por su centro hacia el lago de magma que él conformaba.

Kal-El, enloquecido de dolor y desesperación, era la viva imagen de un demonio de los que imaginaban las religiones de los terrestres, flotando en mitad de un fuego que no era tal, un medio que él creaba y del que a la vez formaba parte, disparando hacia los cielos, más allá de las nubes, gigantescos pedazos de cristal fundido con sus propias manos, que no mucho después empezaban a caer a millares por todos lados sobre la vasta extensión de Metrópolis y más allá. Las legiones de muertos vivientes no tardaron en verse arrolladas por ríos de fuego propagado por los pedazos de cristal ardiente que chocaban contra la ciudad y rodaban centenares de metros rebotando en los edificios. Y él, arrancado por el horror y el fracaso de su hermandad con la humanidad, tras terminar de vaciar su furia infructuosa, dejó el cráter en mitad de Metrópolis, permitiendo a la caída continua del agua del río enfriar, en la forma de gigantescos pétalos de cristal ondulado, la masa de magma.

Superman había perdido a la raza humana (lo único que le unía a ese mundo y a la vida) por razones oscuras o antiguas que no alcanzaría nunca a comprender. Se alejó tan rápido como la física se lo permitía, atravesando el vacío del espacio, con la mirada fija en el vacío eterno de más allá. Se lanzó tan lejos como pudo durante todo el tiempo en que era capaz de contener la respiración.



Tan lejos que ni hubiera podido ya distinguir su valioso sol amarillo del resto de estrellas, de haber querido volver la vista atrás.