martes, 29 de diciembre de 2015

SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES

Pasen y vean, majaderos...











Este relato no tiene mucha historia detrás... Siempre me gustaron los superhéroes, aunque nunca he leído demasiados cómics (me gustan, pero de pequeño me gustaban mucho más otras cosas, como los videojuegos... y ya eran un vicio bastante caro), y cuanto sé sobre ellos prácticamente se ha reducido siempre a las versiones cinematográficas.

Como curiosidad diré que en mi mente veo al fallecido Christopher Reeve como Superman en este relato. Lo de que se enfrente a zombis, es porque es otra de las cosas que más me gustan de la ficción general, y no sé si en los cómics ya se enfrentó a los muertos vivientes (supongo que sí, porque debe haber de todo), pero esta es mi versión de cómo afrontaría Superman el apocalipsis zombi

Otra curiosidad es que el símbolo de Superman de esta portada lo dibujé yo mismo en Paint, y luego fui rompiendo con color negro las líneas para darle ese aspecto envejecido. Es una chorrada pero estoy contento de cómo quedó.

En fin, nada más...


Y ahora... que comience la función.





SUPERMAN CONTRA LOS MUERTOS VIVIENTES

El aire hacía ondular levemente su capa mientras se dejaba alzar en lenta deriva hacia el continente de nubes, una masa de vapor de agua teñida en tonos rojos y anaranjados allí donde los jirones enrollados despuntaban en el sentido de la gravedad. Los huecos de las alturas se mostraban de un azul de profundidad marina. El Sol, la fuente de todo su poder, la base de la vida en aquel planeta tan distante a todo lo demás en el universo, hacía verse el kilométrico macizo nuboso con la solidez de la roca gastada y pulida y con la dinámica de una marea de agua congelada instantáneamente en mitad de una furiosa tempestad. Kal-El pensaba que era hermoso; no sólo su cielo, también el suelo lo era, antes, a pesar de la superpoblación y la descontrolada explotación del terreno y los recursos por parte de sus protegidos, los terrestres: seres capaces tanto de las más inimaginables proezas, y con infinita imaginación, como de las más antinaturales y perversas de las acciones o actitudes. Realmente, aún se preguntaba si el desastre había sido provocado por ellos; quizá algún experimento que había escapado a las medidas de control, o el desenlace triunfal del plan de una mente genial y desquiciada...

Había empeorado tan rápido que no había tenido tiempo de investigar la causa o la identidad de los culpables. Sólo... sólo había podido luchar, luchar durante semanas, arrasar con millones de personas que se habían abierto paso desde la profundidad de sus fosas bajo tierra o que habían hecho añicos las losas de sus nichos para atacar a los vivos, quienes resucitaban a su vez, en todas partes, en todo el mundo al mismo tiempo. Los resucitados eran como auténticos demonios, rápidos y con la fuerza desatada de un gorila; la gente no era rival contra esos seres, virtualmente inmortales. La mente de analista científico de Kal-El no era capaz de elucubrar una explicación física y lógica, a decir verdad: los seres sólo podían detenerse reduciéndolos a pedazos lo bastante pequeños para no representar una amenaza por sí mismos. De nada les servía a los aficionados al cine de zombis todo su conocimiento, y por instinto todo el mundo disparaba o golpeaba contra las atolondradas cabezas de los resucitados, la mayoría perdiendo la vida a manos de los monstruos de sesera abierta. A golpes, devorados, estrangulados o pisoteados, así terminaban su estresante carrera de supervivencia la mayoría. La masa de muertos aumentaba y se esparcía por el mundo a la velocidad de un maremoto que socavaba la tierra, ascendía la roca, arrasaba madera y metal y aniquilaba toda vida que quedara al descubierto.

La peste que le traía desde tanta distancia la superioridad de todo sentido le recordaba la frustración de la que se había abstraído por esos segundos en los que buscaba la reconfortante luz solar que recargara sus fuerzas. Por debajo, a centenares de metros, el manto negro y denso de la tormenta sobre los restos de Metrópolis, bajo el que se arrastraba una mancha de corrupción provista de infinitos pares de piernas. Suspiró e inició un feroz picado atravesando la estática que arrojó sobre él rayos que su fisonomía extraterrestre dispersó y desvió a su alrededor en la forma de ondas esféricas de ionización que aún se mantuvieron oscilando con movimientos pendulares al salir de las nubes, quemando la humedad de la lluvia furiosa que parecía suspendida en el aire mientras la cruzaba a cinco veces la velocidad del sonido. En la distancia, los supervivientes de la guerra contra los muertos, hacinados en la pequeña isla del Centro Internacional de Convenciones, vieron cómo un rayo esférico se estrellaba contra el río que rodeaba la isla, por el lado sur, quemando y hundiendo el agua por un segundo en la forma de un tubo antes de que ésta se derrumbara hacia el espacio vacío explotando en un géiser de vapor.

Kal-El se abrió espacio girando sobre sí mismo, moviendo el agua a su alrededor y desperdigando el ejército de muertos que vadeaba por el fondo cruzando hacia la carne viva de la isla, avanzando unos sobre otros en una marea submarina de varios cuerpos de altura. La masa zombi rugió al sentir el sacudirse de la vida entre ellos, con sus gargantas sin aire haciendo vibrar el agua en un rumor que por cada solo individuo sería imperceptible al oído humano, pero que en conjunto producía un concierto unísono, tan implorante como inquisidor, que removía la tristeza y la repugnancia natural de la humanidad inherente de Superman.

Cansado y harto, sabiendo que sólo estaba ganando tiempo para los últimos de sus conciudadanos, incapaz de abandonar una lucha que no acabaría como no fuera arrasando el planeta entero, les devolvió a los resucitados su grito sordo de frustración en el momento en que los más próximos intentaban arañar y mordisquear la piel inquebrantable, alguno llevándose un pedacito rasgado de traje azul o de la capa roja por trofeo; un sonido que se propagó por el agua con una potencia tal que los tímpanos explotaban, e incluso buena parte de los huesos del cráneo de muchos muertos vivientes se partían por la vibración.

Desde la isla, los supervivientes sintieron el leve seísmo que producía su voz, antes de ver el río iluminarse en rojo y bullir: Kal-El calcinó a los muertos en todas direcciones, evaporándolos junto con el agua que le rodeaba, produciendo un vertiginoso torbellino, un cono gigantesco y abismal de agua que giraba mientras caía donde desaparecía la que se convertía en vapor. Se desplazó usando la levitación, sin que el agua mermara en absoluto su avance, hacia la orilla desde la que la masa zombi se arrojaba al río como un afluente contaminado, una gigantesca catarata de cuerpos putrefactos que hizo estallar en llamas ascendiendo de las profundidades con el calor de sus ojos aún encendido en la forma de un haz de láser de cuarenta metros de amplitud. Los cadáveres vivientes salían impulsados hacia los cielos, completamente inútiles, cayendo por todas partes a centenares de metros alrededor, muchos hacia la oscuridad cada vez más ponzoñosa del agua del río de Metrópolis, la mayoría derrumbándose como un manto de brasas hacia la calle mayor desde la que se avecinaba toda la jauría.

Superman subió un poco más en su vuelo, mientras arrojaba su aliento gélido hacia los cuerpos carbonizados, al tiempo que moldeaba con más láser de su visión calorífica el conjunto de cuerpos calcinados y retorcidos, forjando y templando con ambos poderes una sólida bola repugnante de carbón orgánico. Descendió a toda velocidad antes incluso de que el inmenso martillo fabricado tocara el suelo, y le dio impulso con una feroz patada que lo estrelló contra la calzada de Metrópolis con la fuerza de un meteorito cayendo desde más allá de la atmósfera. El impacto sacudió la tierra, cientos de calles se resquebrajaron, los edificios se partieron en dos, derrumbándose sobre sí mismos o contra los adyacentes, mientras un huracán de cristal y hormigón se desperdigaba por kilómetros, aplastando a la infinita muchedumbre zombi bajo un manto de metralla al que siguió la caída de buena parte del suelo de la ciudad sobre el vacío de los varios niveles de metro subterráneo.

Los cadáveres sufrían una mutilación y aplastamiento que sólo las civilizaciones azotadas por el cataclismo natural más salvaje podrían haber conocido en el curso de su extinción, mientras los supervivientes de la isla del Centro Internacional de Convenciones resultaban protegidos de la debacle por Kal-El, que volaba a velocidad supersónica manteniendo a raya el denso polvo del impacto con su aliento, y desviaba a terribles puñetazos los pedazos gigantescos que la ciudad moribunda había escupido al cielo en su exhalación final, y que ahora caían como las bolas de cañón de un bombardeo, numerosas y letales.

El impacto mató de ataque al corazón a tres personas, y causó aturdimiento y pérdida temporal de audición al resto; por acto reflejo, todo el que no cayó desmayado se tiró al suelo, y muy pocos consiguieron sobreponerse a la pérdida de equilibrio y la desorientación lo suficiente como para poder volver a incorporarse, y sólo para visualizar el infierno desatado más allá de la orilla de su isla. El mundo era una negrura sucia de la que el gris mate de la tormenta era techo. El interior de las nubes seguía destellando con furiosos relámpagos cuyo trueno era imposible distinguir del murmullo de la destrucción que acontecía en Metrópolis, que caía y caía sobre sí misma y cada vez más profundo, como si fuera un circuito de fichas de dominó.

No había acabado con todos los muertos vivientes que quisiera. De hecho muchos se escabullían de entre los escombros aún en movimiento, ignorando su falta de algunas partes o lo agujereado de sus cabezas o torsos. Cuando estaba pensando en sobrevolar los supervivientes para comprobar su estado, aún explorando toda Metrópolis con un veloz barrido a rayos x desde las alturas, un nuevo rumor unísono llegó a su audición supernatural. Gozaba de la intensidad aquejada de rabia y maldición de la masa zombi, y hasta del monótono rugido coral, pero estaba hablando, ¡hablando! Muchas voces antinaturales alzando una declamación desde las profundidades del centro de la ciudad, cercado por barricadas de edificios desplomados.

—¿Cuánto tiempo más? —aullaban esas voces, en el idioma de cualquier ciudadano de Metrópolis, perfectamente comprensible para él, aunque no comprendiera cómo podía estar pasando—. ¿Cuánto tiempo seguirás tratando de evitar lo que ha de pasar?

Kal-El atravesó la atmósfera de polvo y ceniza de cadáveres pulverizados que inundaba las calles, aterrizando en mitad de la plaza que había sido centro del barrio más comercial de la ciudad. Entre la densa polución del desastre que había ocasionado, Superman podía ver algo palpitar. Una cosa grande y amorfa, pero que rodaba con cierta solidez, no sin amenazar desparramarse en la dirección en la que convulsionaba, distinta a cada segundo. Parecía avanzar con aleatoriedad, pero sin duda lo hacía hacia él, ahora que había tomado tierra. Superman se había enfrentado a muchas cosas raras, hasta alcanzar sus 54 años de edad: había conocido seres de otros mundos, de otras dimensiones, y de especies inimaginables y desconocidas del todo para el extenso escrutinio del universo de su raza, los kriptonianos, e incluso había sufrido en sus carnes la impotencia del sometimiento mediante la magia de muy extraños personajes. Pero ahora se le dirigía de voz y presencia una cosa harto repugnante...

—¡Fuera, por favor, fueraaaaa! —le rugía, o le rugían, según se mirase—. ¡Hazte cargo de que éste no es asunto tuyo, no te concierne, no debes influir en esto, y de todas formas en ninguna forma puedes influir...!

La cosa seguía avanzando. Empezaba a simular un remedo de ser bípedo, de características homínidas. Ya daba pasos, en vez de rodar, pero Kal-El no podía concederle más dignidad al ser, o lo que fuera. De alguna forma una fuerza mantenía juntos en posturas difíciles, imposibles, a los muertos vivientes, que se aglutinaban aplastados, truncados unos contra otros, en bolsas de carne reventada de la que sobresalían huesos y órganos, con los brazos y piernas asomando con movimientos espasmódicos allí donde probablemente no habían encontrado lugar para encajar.

Al caminar, el peso de cada paso hacía sonar todos los cuerpos al unísono, rompiéndose y rasgándose toda la materia cárnica, astillándose todo hueso, haciéndose papilla ponzoñosa al tiempo que de alguna manera simulaba ser algo dotado de alguna solidez. Superman sentía verdaderas nauseas en su estómago, en ayunas desde cerca de un mes. Sus ojos azules, hundidos por el cansancio y la vela constante, enrojecidos por la extenuación de sus poderes oculares, rompieron a llorar de rabia, mientras le gritó a la cosa, de la que no quería saber nada, de la que no quería recibir órdenes y que ni siquiera quería estar viendo moverse... ¿Acaso se había vuelto loco? ¿De verdad estaba viendo eso?

—¡¡Los estás matando a todos!! —rugió con la voz reverberante que sólo a un dios podría atribuirse, preso de una ira descomunal, toda su poderosa fibra extraterrestre, alimentada por el sol amarillo durante tantos años, aquejada de una tensión tal que la alta temperatura de su cuerpo estaba fundiendo las partículas de humedad a su alrededor.

—¡Ellos lo han elegido así! —mascullaron las bocas, algunas ahogadas entre los pliegues de carne y las vísceras que se frotaban en constante movimiento, otros rostros apretados contra los restos de las vestimentas de otros cuerpos, como jugando a ser fantasmas. Los cadáveres se mantenían prietos con una gravedad descomunal dotando a la forma que componían cada vez más consistencia, hasta el punto de empezar a resultar en una masa forzuda, que se mantenía en pie resuelta, imitando bastante bien una forma humanoide del tamaño de un autobús, aunque sin cabeza. Siguió explicándose, la pesadilla de cuerpos cimentados en sí mismos.—¡La masa crítica de su conciencia colectiva ha superado con creces lo permitido, el dispositivo de seguridad ha sido activado, alienígena! ¡Van a desaparecer y no lo puedes evitar!

Kal-El estalló de furia, incapaz de mantener más la calma tras toda la devastación que había ido desperdigando por el planeta en un vano intento de detener a los humanos resucitados. Su lucha contra ellos por defender a los aún vivos no sólo terminaba con los restos de la civilización, sino con el mismo clima, con las demás especies naturales de la Tierra. No sería descabellado escuchar a algún superviviente decir que Superman llevaba tiempo al borde de la locura; de hecho la mayoría había empezado a pensar, en el momento de mayor recrudecimiento de la lucha contra los zombis, a nivel mundial, que sus métodos eran tan perjudiciales como el uso de las armas nucleares. Ni él mismo sabía ya si seguía cuerdo, escuchando el críptico discurso de un montón de zombis amalgamados.

—¡¡¡CÁLLATE!!! —rugió, el estampido sónico de su voz haciendo temblar la carne apretada de la criatura, crepitando con la vibración los huesos aplastados y debilitados, removiendo el polvo de hormigón y vidrio con la fuerza de un huracán.

Se lanzó directamente contra la criatura, deshaciendo la imposible unión entre los cuerpos, y partiendo por la mitad buena parte de todos ellos, las vísceras deformadas explotando como soltadas repentinamente a la falta de presión del espacio. Mientras el ser caía derribado por el impacto que lo había agujereado a la mitad, Superman continuó volando, ascendiendo a toda velocidad para dejarse caer hacia la masa de cuerpos que se sacudían buscando de nuevo la espantosa unión.

Cayó directamente en mitad de ellos, aplástándolos bajos sus pies, golpeándolos contra el suelo con una fuerza que provocó un cráter de varios metros de profundidad, hundiéndose con ellos bajo tierra, mientras la sangre y las entrañas explotaban a su alrededor, volviendo rojo por completo su traje y su piel, haciendo a su boca saborear los fluidos podridos y pastosos que mantenían engranados los movimientos de las criaturas semimuertas... Piernas arrancadas de cuajo, y con las articulaciones desviadas, intentaban patearle mientras torsos sin brazos y manos que se arrastraban solitarias intentaban morderle y arrancarle la piel: la masa de los muertos se cerraba sobre él como la trampa de una planta carnívora, mientras cada uno de los individuos que la formaban hacía lo imposible dentro de sus capacidades para intentar acabar con él.

Los muertos se apretaron, convirtiéndose en su techo, paredes y suelo. Le echaban sus alientos malolientes y sin calor, y le manoseaban a golpes de uñas que se desconchaban y de dientes que se partían bajo la presión desesperada con la que lanzaban los mordiscos, todo eso mientras le restregaban sus vísceras pútridas colmadas de excrementos por todas partes. La bola parecía estar intentando asfixiarle, encerrándole bajo un peso mucho mayor del que la cantidad de muertos realmente sumarían... Algo sobrenatural intentaba matarle o disuadirle, pero Kal-El podía aguantar la respiración durante cerca de una hora sin problemas, permitiéndose incluso volar por el espacio gracias a cómo soportaba su cuerpo las altas presiones o la falta absoluta de ellas. Intentó destrozar la presa empujándola y soltando devastadores puñetazos, pero las carnes se deshacían bajo su empuje, adhiriéndose a su cuerpo en movimiento como una pasta inquebrantable.

Usó su poder de levitación para subir con la bola de carne a cuestas a una velocidad tal que prácticamente se apareció más allá de la atmósfera, donde los cadáveres no soportaron las bajas temperaturas, convirtiéndose en un gigantesco copo redondeado de cristal. Superman lo hizo añicos proyectándose en dirección de descenso hacia Metrópolis, pero tan pronto como dejó tras de sí una vez más la frontera negra de la tormenta, descubrió que en la isla de los supervivientes se había desatado la locura por la matanza a manos de los muertos vivientes.

Las personas que habían muerto de infarto a causa del poderoso impacto del martillo de cadáveres carbonizados de Superman se habían alzado de nuevo para atacar a los demás, todo eso mientras él había estado enfrentando su desconcierto ante la infame megamente conformada por los muertos. La gente corría en círculos o intentaba saltar al agua del río, pero los muertos recientes no se cansaban y resultaban implacables, incluso se tiraban tras los que echaban a nadar, agarrándose a ellos para arrastrarles hacia el fondo mientras les propinaban golpes y mordiscos... Kal-El se maldijo en silencio, apretando los dientes hasta hacerse sangrar las encías y tensando los puños hasta el punto de hincarse las uñas en las palmas. Todo era inútil: incluso de la muerte natural volvían los humanos como cadáveres asesinos, y el puñado que había estado intentando mantener con vida estaba siendo masacrado bajo sus pies. No había futuro para sus protegidos. Estalló en una locura desatada, voló directamente contra el Centro Internacional de Convenciones de la isla, fundiendo con su mirada de láser la cúpula y su interior, y los cimientos bajo las varias plantas de aparcamientos, y la tierra blanda y arenosa de más abajo, haciéndola cristalizarse en rojo blanco mientras volaba en mitad de ese infierno, hacia el que se precipitaba toda la isla, junto a los muertos vivientes y los pocos supervivientes que aún sollozaban sin esperanza. Todo caía sobre él, hacia él, allí abajo, donde era señor del fuego bajo la tierra: el fuego de sus ojos, con el que veía tanto como destruía. Sacudía a manotazos el fluido que parecía vivo, que ondulaba por la fusión de sus ojos y la semisolidificación en las partes más alejadas del centro de las llamas de luz. La isla siguió hundiéndose por su centro hacia el lago de magma que él conformaba.

Kal-El, enloquecido de dolor y desesperación, era la viva imagen de un demonio de los que imaginaban las religiones de los terrestres, flotando en mitad de un fuego que no era tal, un medio que él creaba y del que a la vez formaba parte, disparando hacia los cielos, más allá de las nubes, gigantescos pedazos de cristal fundido con sus propias manos, que no mucho después empezaban a caer a millares por todos lados sobre la vasta extensión de Metrópolis y más allá. Las legiones de muertos vivientes no tardaron en verse arrolladas por ríos de fuego propagado por los pedazos de cristal ardiente que chocaban contra la ciudad y rodaban centenares de metros rebotando en los edificios. Y él, arrancado por el horror y el fracaso de su hermandad con la humanidad, tras terminar de vaciar su furia infructuosa, dejó el cráter en mitad de Metrópolis, permitiendo a la caída continua del agua del río enfriar, en la forma de gigantescos pétalos de cristal ondulado, la masa de magma.

Superman había perdido a la raza humana (lo único que le unía a ese mundo y a la vida) por razones oscuras o antiguas que no alcanzaría nunca a comprender. Se alejó tan rápido como la física se lo permitía, atravesando el vacío del espacio, con la mirada fija en el vacío eterno de más allá. Se lanzó tan lejos como pudo durante todo el tiempo en que era capaz de contener la respiración.



Tan lejos que ni hubiera podido ya distinguir su valioso sol amarillo del resto de estrellas, de haber querido volver la vista atrás.

domingo, 20 de septiembre de 2015

ELMER RUDDENSKJRIK

Pasen y vean, majaderos...


 Este relato lo creé hace años para participar en un concurso de relatos de terror, en el cual el propio autor debía ser el protagonista. Sólo quería conseguir gratis el juego de Alan Wake que daban de premio, entre otras cosas. También lo ideé como prólogo a una novela que en aquellos tiempos era sólo una pretensión, y que estoy terminando al momento de escribir esta entrada (no en este justo momento, quiero decir por la época en que escribo esto). Supongo que cuando la termine, pondré al final este relato como extra, para que el lector disponga de la historia completa...

Como información adicional, aclararé que el Sam Lake al que va dedicado, es el creador y escritor de los dos primeros juegos de Max Payne y del mismo juego de Alan Wake, entre otros. En mi opinión, el tío es muy bueno.

Debo decir, además, que esa portada de más arriba fue un obsequio más entre tantos de Fernanda Vera, para su publicación en Wattpad hace algún tiempo.

Nada más queda por decir, a leer, mendrugos.








Dedicado a Sam Lake


Y ahora, que comience la función...



Elmer Ruddenskjrik


Antes de que se desatara el infierno y Jebedhia West iniciara su cruzada de realización personal, el señor Ruddenskjrik dedicaba todo el tiempo que era capaz a imaginar historias y transcribirlas en largas cadenas de palabras con la persistente idea de concluir largos relatos de ficción que le convirtieran algún día en alguien digno de admiración. Destacar sobre el resto de la tan despreciada raza humana era lo único que ocupaba su mente retorcida por la alienación y el aislamiento más masoquistas, síntomas debidos a la que él creía más que acertada imagen que se había hecho en su mente de sus congéneres: tenía a los humanos por salvajes bestias que daban tumbos por la vida buscando a quien desgraciar constantemente con sus propios males, estaba seguro de que incluso las mejores personas eran esclavas de frustraciones que en cualquier momento podían manifestarse como serios intentos de esparcir dolor, físico o emocional, por el mundo.

El problema era que, como todo aquel que se ha vuelto genuinamente loco, él se tenía por encima y muy libre de compartir ese defecto de la naturaleza de las personas y, claro, con el derecho de juzgarlas sin misericordia. Éste fue el principio...

El señor Ruddenskjrik había empezado a desvariar en su empeño de escribir la mejor obra de ficción de todos los tiempos, un manuscrito que no sólo sería una intensa historia de aventuras, sino también un severo ensayo declamatorio de cuán bajo era el espíritu del género humano. Una historia que cambiaría el mundo. Sin embargo, si alguien hubiera estado pasando con él esas semanas de encierro durante las que apenas comía y en las que dormitaba en su incómoda silla tras desfallecer de agotamiento, hubiera descubierto que, tras trescientas páginas de una apasionante novela, Elmer Ruddenskjrik había empezado a escribir extraños galimatías, eslabones de palabras que difícilmente podrían calificarse como tales, ya que no parecían otra cosa que caracteres pulsados al azar y separados eventualmente siguiendo una lógica incomprensible...

Pero lo que hubiera hecho fruncir verdaderamente el ceño a este hipotético observador hubiera sido la propia persona del señor Ruddenskjrik. Era todo un espectáculo ver cómo se paraba a repasar con cuidado sus más de mil páginas de manuscrito, como si realmente estuviera escrito en algún idioma comprensible; o descubrir que, a pesar del buen tiempo, Elmer mantenía cerradas las persianas durante el día para escribir a la luz de una pequeña lámpara. Cualquiera que hubiera estado allí con él hubiera empezado a inquietarse al descubrir sus cada vez más dilatadas pupilas bailando con frenesí orgulloso sobre las hojas concluidas, al distinguir el brillo mate de su cada vez más pálida piel bajo el sebo aceitoso en que se estaba convirtiendo su sudor, al mirar a las uñas de sus manos, alargadas, descuidadas, agrietadas de repiquetear contra las teclas de su máquina de escribir...

Al tiempo que él se transformaba debido a la combinación de su distraída reclusión y su absoluta devoción por su "trabajo", el total vacío de su desesperación, la oscuridad retorcida de su psique, el conjunto de experiencias pasadas, malinterpretadas y febrilmente exageradas por años de enfermiza obsesión, explotaron dentro de la masa de energía que algunos llamarían alma. Todo su odio hacia la raza que le era propia estalló a lo largo de la matriz intangible de la conciencia universal que unía a cada persona con el resto, una unión existente desde el principio de los tiempos, pero nunca antes activada en modo alguno. Todos los seres humanos del mundo sintieron un segundo de malestar, un escalofrío recorrió la nuca de cada uno de ellos a tal velocidad que no tuvieron tiempo sus cuerpos de reaccionar al sentimiento. Todos siguieron con sus vidas como si nada, ignorando lo que no se podía llamar de otra manera: el presentimiento.

Alguien con un grado mayor de voluntad, con un dominio y comprensión mucho mayores de la capacidad de su propia consciencia, podría haber reconocido y actuado en consecuencia a la poderosa descarga de energía etérea; pero tal clase de ser aún tardaría un par de miles de años de evolución humana en hacer su aparición. La única manera en que alguien en ese tiempo pudiera darse cuenta de que algo pasaba, era poniéndose a leer el manuscrito ininteligible de Elmer Ruddenskjrik: cualquier ser humano vivo que tuviera enfrente el manuscrito descubriría con estupor que comprendía a la perfección todo lo escrito, a pesar de no reconocer la unión de las letras unas con otras. Ruddenskjrik acababa de compartir con cada ser de su raza la clave de la traducción instantánea de la extraña lengua que había creado en su locura y, he ahí la ironía, ahora estaba mucho más unido a los suyos en su encierro de lo que lo había estado nunca antes.

En lo que concierne al normal transcurrir de la vida de cada persona, esta fortuita unión de sus mentes con la de Elmer no influyó para nada. Elmer continuó escribiendo y todos los demás continuaron con sus vidas, durante unos pocos días más. Sin embargo, y sin dejar por ello de escribir, Elmer empezó a darse cuenta de que, aun no teniendo un control sobre sus acciones, sí podía ver, oír y sentir todo lo que quisiera que estuviera viviendo cada ser humano en el mismo momento. La sensación, abrumadora y caótica, de experimentar miles de millones de vidas al mismo tiempo le impidieron continuar con su obra maestra.

Elmer, como si la frustrante y terrible capacidad sensitiva de su alma no le afectara personalmente, como si no fuera más que un pequeño inconveniente para seguir escribiendo, se levantó de su silla ante la máquina de escribir y se tumbó en el suelo cuan largo era. Desde ahí, sin moverse lo más mínimo, con los ojos de dilatadas pupilas abiertos de par en par hacia la oscuridad del techo, empezó a cribar todas las experiencias personales que le sobrevenían mezcladas, a fin de distinguir qué pertenecía a quién y evitar recibirlo todo como una incomprensible amalgama. La tarea le llevó cerca de un mes, durante el cual no tuvo necesidad ninguna de alimentarse, beber o dormir. Físicamente debería haber muerto allí mismo, en el suelo, pero la conexión con sus congéneres le infundía una vitalidad que muchos llamarían sobrenatural, aunque no era para nada tal cosa.

Podría haberlo considerado un don extraordinario y un modo, quizá, de resolver los eternos problemas del mundo. En lugar de eso, el señor Ruddenskjrik empezó a investigar de qué manera podía volver esas percepciones indeseadas e intrusas contra los que las generaban, era su oportunidad de condenar a su modo al género humano. Así de loco estaba Elmer Ruddenskjrik.

El caso es que su registro y experimentación con la trama de la conciencia colectiva humana, un acto que en algunas religiones llamarían de profunda meditación, le llevó a discernir una pequeña fisura, un resquicio, donde la parte que contenía el alma dentro del cerebro podía interactuar con el resto del sistema nervioso de una manera activa. El problema era que, aunque él podía acceder al alma de un individuo, la voluntad viviente del mismo le impedía a él interrumpir la sinergia entre cuerpo y alma que constituía a la persona, haciéndole imposible usar ambos a su voluntad. Elmer sólo podía observar, pero nada más.

Pero una idea se le ocurrió. Casi le aterrorizaba la posibilidad de que su audaz intento tuviera éxito, se asombró de que semejante cosa se le pasara por la mente. Ruddenskjrik podía intuir la manera en que la materia de un cuerpo era maleable hasta cierto punto por una voluntad lo bastante poderosa. Se le ocurrió que, si no podía intervenir en el cuerpo de una persona viva, quizá pudiera entrar en la cavidad reservada para el alma de un cuerpo muerto y, sin otra personalidad que monopolizara el sistema nervioso, reanimarlo y hacerlo moverse a voluntad. Se puso a ello.

Durante seis meses, se vio inmerso en una extenuante y paciente tarea de reconstrucción de cada una de las conexiones entre las neuronas de un cuerpo humano muerto elegido al azar. Huelga decir que, a esas alturas, Ruddenskjrik ya no necesitaba alimentarse ni descansar en absoluto como el resto de seres humanos: su cuerpo se había convertido en una maltrecha saca de huesos marcados bajo una pálida y brillante piel escamosa, como la de un lagarto. El señor Ruddenskjrik permaneció todo ese tiempo tirado en el suelo de su habitación dedicado a su siniestro plan, mantenido vivo por su voluntad, una voluntad que había dado un salto evolutivo gracias a una profunda esquizofrenia y a un odio tan ardiente y profundo como el núcleo de la Tierra.

Al principio, la resurrección, aunque exitosa, pasó francamente inadvertida. Experimentó con un cadáver al que fue capaz de brindar una fuerza tal que no le costó hacer que saliera de su tumba, unos tres metros bajo tierra. Una buena demostración de que no se equivocaba, de que una fuerte voluntad podía lograr cualquier cosa, incluso dar nuevas energías a la materia muerta... Sus siguientes intentos tuvieron como resultado que se originaran leyendas urbanas o primeras planas de periódicos sensacionalistas. Había gente que decía haber visto a parientes cercanos resucitados vagando por los pueblos, otros que habían sido perseguidos por grupos de cadáveres putrefactos que parecían querer iniciar una conversación.

Las pruebas del señor Ruddenskjrik fueron pasando cada vez a mayores, hasta que fue capaz de resucitar a prácticamente todo humano sobre la Tierra que no estuviera demasiado deteriorado físicamente. Algo cansado de tanto trabajo, dos años después de que iniciara su exploración de la conciencia colectiva, decidió dotar de cierto grado de inteligencia básica a los muertos resucitados, con las órdenes básicas de "buscar y destruir" a todo humano vivo que se cruzaran a la vista.

Deleitado de todo el caos y muerte que había esparcido sobre su antigua raza, a la que ya no creía pertenecer, abandonó momentáneamente la contemplación de toda la interminable información que le llegaba de muertos y vivos al mismo tiempo. Se incorporó, con no poco esfuerzo, y se asombró de lo lamentable de su aspecto y del de su habitación. Todo era polvo, sobre el suelo, sobre la ropa arrugada alrededor de su seca persona, en el aire que cruzaban solitarios y dispersos rayos de sol a través de la persiana... No tardó en comprender que no era bueno descuidarse tanto a uno mismo, algo en lo que no había pensado hasta entonces. No creía poder morir de inanición, como el resto de humanos, pero ausentarse así de su cuerpo lo ponía a merced de los vivos, a los que no podía controlar todavía.

Ruddenskjrik se dirigió al baño, donde se lavó como pudo con agua fría, actuando como si no sintiera nada a través de la piel. El agua dejó de llegar a mitad de su aseo, y acto seguido, sin preocuparse, se vistió con un traje negro de su armario, cogió la más grande gabardina impermeable, también negra, y se colocó sobre la cabeza un sombrero del mismo color que nunca se había puesto, regalo de un familiar de su vida anterior. Al hacerlo, los mechones dispersos que eran cuanto quedaba de su antiguo pelo se soltaron debilitados de la cuarteada piel de su cabeza y cayeron a sus pies en un lento planeo. Se volvió al lugar donde había yacido durante todo ese tiempo, donde había quedado la mayor parte de su espesa cabellera original. No entendía de qué manera, pero había cambiado físicamente del mismo modo que lo había hecho su mente. Su mirada, oscurecida por las muy dilatadas pupilas, se paseó hasta su mesa, donde esperaban su vuelta las teclas de la máquina de escribir, invitándole a continuar su obra... Ya no necesitaba aquello, ahora tenía otra que escribir. De momento sólo lo hacía con humanos muertos, pero era cuestión de tiempo el llegar a transformar la carne viva a su antojo, y entonces habría de reiniciar el mundo a su manera, ya vería cómo. Todo se basaba en experimentar una y otra vez, en intentarlo constantemente...

A través de la inabarcable experiencia conjunta de los muertos resucitados y la de los humanos supervivientes, Ruddenskjrik controlaba lo que quedaba del mundo. Salió a la calle, bien abrigadito en pleno verano, pero sin nadie que le mirara con hilaridad o estupor ofendido. Cuantos le rodeaban eran cadáveres malolientes que paseaban como perdidos bajo el justo sol del mediodía.

—Bien —dijo para sí en voz alta, una voz que le pareció extraña, demasiado áspera y aguda para ser la suya, tal y como la recordaba—, todavía quedan unos pocos supervivientes, algo de diversión antes de más trabajo duro...




El Principio...

domingo, 13 de septiembre de 2015

EL ÚLTIMO TRITÓN

Pasen y vean, majaderos...


Va a parecer que las dos primeras entradas las he dedicado a poner verdes a los usuarios de Wattpad, pero con éste relato no es para nada mi intención. Simplemente explicaré lo que pasó.

Este relato lo escribí para participar de buena fe, por mera diversión, en un concurso organizado entre usuarios de esa web, que consistía en seleccionar una criatura mítica y hacer un relato original alrededor de su figura. Elegí un Tritón, más que nada porque me había hecho gracia todo el asunto del Tritón de la película "La cabaña en el bosque". Por supuesto, mi relato no tiene nada que ver con la película, pero era obvio que no parecía una criatura muy majestuosa ni dada a las mejores aventuras que escribir, así que pensé que sería hasta mejor reto para desarrollarlo.

Para mi gusto (porque lo releí varias veces para dejarlo perfecto para la publicación en aquel concurso) es de mis propios relatos favoritos, tanto por el desarrollo como por el estilo. En la valoración del relato, en aquellos días, me puntuaron con la mitad de la nota asignada a la ortografía (¿?), de modo que, independientemente de los gustos de los jueces (algo sobre lo nunca discutiría), eso me indicó que la cosa no estaba siendo ni muy justa ni muy fiable. Aun así, agradezco el haber participado para haber podido escribir esto.

Y ahora... que comience la función.





El ÚLTIMO TRITÓN


Esto es lo que sucedió.
Las mentes de sus congéneres se desplomaron sobre él, mientras se impulsaba con poderosos balanceos de su cola y potentes y largas brazadas de sus brazos, surcados de finas aletas... Mientras palmeaba desesperado, empujando con las duras membranas de entre sus dedos todo el agua que se empeñaba en poner entre sí mismo y el cataclismo: una marea densa y corrosiva de un mejunje anaranjado que se había desplomado desde las muy lejanas alturas del lecho marino superior, y que se había derramado, con un peso propio del metal, sobre los aledaños del reino de Ruminae, la ciudad y mundo de su especie inmortal.
En las afueras, sí, había caído, matando a miles de las hembras de tan pequeño tamaño y de tan humanizados torsos, Sirenas que jugaban salvajes entre ellas y contra otras criaturas de la fauna abisal, dando allí rienda suelta a su locura natural, que tanto, tanto tiempo atrás, había buscado en la raza del hombre su más ansiada presa. Así había sido, hasta que los Tritones las subyugaron, separando de sus mentes esa idea instintiva de que sus semejantes con piernas de la superficie debían morir, reflejos absurdos y débiles de ellas mismas, como eran.
Ah, pero el cataclismo no se había detenido ahí.
La masa anaranjada siguió cayendo desde allí arriba, como si fuera infinita, y mientras las Sirenas y otros seres del mar se deshacían agónicos entre su sustancia, el peso de lo que caía empujó lo primero que había caído, y pronto las Torres Limítrofes De Las Ardientes Burbujas vieron apagado su vetusto fulgor esmeralda con el súbito oleaje, que las barrió como algas sueltas. Las mentes débiles de las Sirenas, que con su grito de horror y dolor unánime habían alarmado telepáticamente a los Tritones, no les preparó para la fuerza y velocidad con que esa corrosión se cernió sobre sus palacios. Algunos de los 247 Inmortales se organizó con otros y mostró una resistencia de telequinesia que por un tiempo separó la masa de ácido a su alrededor, mientras veían cómo echaban abajo sus palacios de roca, árboles marinos y coral, estructuras que llevaban allí eras completas, desde muy poco después del inicio de la vida. Los focos de resistencia, tan lejanos unos de otros como incapaces de reunirse atravesando la marea, acabaron por rendirse de mera debilidad, y sucumbieron, pues nadando a ninguna parte podían llegar al quedar presos en las burbujas que formaban sus voluntades, burbujas cuyos techos iban haciéndose más pesados a cada momento, e inmersos en una atmósfera de agua marina que rápidamente se envenenaba con el ácido que la rodeaba. Otros ni siquiera tuvieron tiempo de escapar; algunos tuvieron tiempo, pero ni lo intentaron. Y otros fueron capaces de lanzarse a una carrera de natación por su supervivencia.
Pero nadie, nadie lo había logrado. Sólo él, Rakna Lo Sinur, aún se sacudía con furia más allá de las Torres Limítrofes del otro lado de la ciudad, mientras la cosa ácida le perseguía, ultimando la destrucción de toda su civilización, engullendo y desprendiendo del fondo marino enormes pedazos de roca que sobresalían, llenando con lentitud pero escrúpulo cada cueva, grieta o pequeño recoveco que encontrara. No tenía dónde refugiarse, sólo nadar, nadar hacia delante sin detenerse. Y, como se decía al principio, las mentes de sus iguales, las otras 246, fueron llenándole una a una de sus propios padecimientos, sentimientos, sensaciones, conocimiento, y... ¡poder!
Así fue: Rakna Lo Sinur, tras unos instantes de debatirse, luchando por mantenerse individual al llenarse de todas esas almas, recuperó su dominio y asió toda la energía que sobre él se había diseminado desde las almas muertas de los Tritones, y con ello abrió un túnel de telequinesia. Allí, en las profundidades que ahora le eran totalmente negras e invisibles sin los faros de Ruminae, el Tritón separó en dos las aguas a su alrededor primero, y luego ante sí mismo. Con su nuevo poder se mantuvo suspendido en el vacío, y se lanzó en levitación a través del túnel hacia delante, dejando rápidamente muy atrás la masa corrosiva, que seguía avanzando con la desventaja de ir empujando el mar.
¿Qué había pasado? ¿De dónde salía semejante residuo, y por qué? Rakna Lo Sinur sentía que la inesperada locura le llenaba de ira. No entendía quién ni cómo, pero el disparate de tanta muerte y destrucción sólo era capaz de entenderlo si era un ataque premeditado. ¿Alguna de las otras razas Inmortales? Tiempo atrás, en los amaneceres de la raza del hombre, cuyos individuos eran descendientes a partes iguales de todos los Inmortales, y mientras cada raza Inmortal instruía a su facción a su modo de entender el mundo, se habían sucedido cruentas guerras, luchas de milenios en las que el genocidio del hombre y el asesinato de cientos de inmortales se habían ido sucediendo. Hasta que, en un dramático conflicto que por poco no había separado el mundo en dos, los hombres de la fortaleza sumergible de Atlántida, auspiciados por los Tritones, y los de la ciudad espacial Viajero Del Éter, apoyados por el Portador de Luz y sus Brillos, habían acabado con sus naciones mutuamente durante lo que se conoció después entre Inmortales como el Choque De Relatividades. El destrozo y sus efectos se propagaron por la propia Tierra y parte del espacio de tal manera, que desde ese momento toda raza Inmortal depuso toda intención de conflicto, pues aterrados quedaron del alcance de su poder en manos del hombre.
Pero claro, todo eso había sido decenas de milenios antes. ¿Era posible que un viejo rencor hubiera provocado la muerte de toda su raza? Tenía que averiguarlo.
Y... esto es lo que sucedió.
Rakna Lo Sinur abrió el mar verticalmente, desde el fondo hasta la superficie. Un sumidero circular de decenas de kilómetros que se abría con la fuerza repulsiva de su mente. Y se alzó, dirigió sus ojos negros y brillantes hacia arriba, ciego aún en aquellas oscuras profundidades, alcanzando poco a poco a ver algo de luz según ascendía. Pero... Algo estaba mal.
A esas horas, la luz del día debería estar haciendo brillar la superficie del océano que, en esas regiones, tenía que extenderse miles de kilómetros en todas direcciones. Pero en lugar de eso, a duras penas unos recovecos abiertos aleatoriamente a lo largo y ancho de una enorme sombra dejaban pasar una luz rojiza y mortecina, como si el sol estuviera sufriendo una suerte de extraño ocaso en un imposible horizonte en mitad del cielo. Al acercarse más, creyó saber que hacia lo que se estaba dirigiendo era algún tipo de superficie artificial. ¿Un gigantesco navío?
Dejó de empujar el mar, que llenó brutalmente de nuevo el hueco que había creado, y nadó veloz junto al techo metálico, examinándolo. No comprendía cómo, pero la superficie de algún modo se movía como una lenta y densa capa de diminutos y repugnantes insectos, y parecía crecer por sí misma en aquellos bordes que eran los agujeros que aún dejaban pasar la luz. Formaban, sus pequeñísimas partes, un manto denso de varios metros de grosor, sólo posible con un número infinito de esas pequeñas criaturas metálicas sujetándose entre sí y creando nuevas a partir de pequeños pedazos de material que traían otras desde largas cadenas. Eran como insectos mecánicos, pero sin ojos, antenas o alas, sólo pequeños cilios del tamaño de un meñique humano que se movían y trabajaban manoseándose entre ellos con los pelitos retráctiles que salpicaban sus superficies por entero. En su vida de Inmortal había visto, antes del Choque De Relatividades, toda clase de ingenios mecánicos, algunos de los cuales su raza de Tritones había creado expresamente para el hombre y las Guerras Inmortales. Pero aquellos seres, provistos de tal cualidad de vida, realmente sobrepasaban con mucho los límites de su imaginación. ¿Máquinas vivientes? ¿Podía ser posible? Evolución artificial que imitaba la natural...
No lo creía. Y se decidió. Con cierto presentimiento de tragedia, se dio impulso fuertemente con su cola hacia el fondo durante un momento, y acto seguido ascendió directamente contra uno de los agujeros entre la superficie de insectos. La luz roja de más allá del agua hacía verse la superficie como un mar de sangre. Pero, furioso, arreció el impulso y se estrelló contra ella.
Y... esto... es lo que sucedió.
Rakna Lo Sinur salió despedido del agua varias decenas de metros, causando a su alrededor una auténtica explosión de vapor y salpicadura que incluso sacudió levemente la recia capa de pequeñas máquinas. Y lo primero que vio fue el aspecto del cielo. El color rojo pertenecía a las alturas, sí. Pero desde luego que su origen no era el sol. Aquello que iluminaba ahora el mundo no era luz solar. Otro mar, pero este de eternas nubes indivisibles y de textura y color pétreos, refulgía en distintas distancias con el brillo rojo de gigantescos hornos cuyos fuegos estaban vueltos hacia el mar. Mecanismos circulares de turbinas azules los mantenían suspendidos en el cielo mientras los recipientes, grandes como ciudades pequeñas, derramaban el ácido ardiente, que desde allí brillaba como magma antes de tocar el mar, momento en que levantaban auténticos géiseres de vapor, tan grandes como sistemas de montañas.
El último Tritón enloqueció de furia. No era un ataque a su raza, era sin duda una agresión de nivel planetario. La muerte de todas las criaturas marinas es lo que parecía buscar ese despropósito, que se repetía interminable mirara hacia donde mirara, tan lejos como llegaba el horizonte, una vez y otra, separándose la masa de mecánicos insectos kilómetros entre sí para permitir los crueles vertidos.
Pero acertó a bajar la vista, casi en el instante mismo en que el agua que había saltado con él caía a su alrededor y dejaba ver más. Se mantuvo en levitación usando sus poderes, y miró directamente a los ojos a la locura. Pues allí abajo, trabajando dentro y alrededor de extrañas máquinas de ocho patas, encontró hinchadas criaturas humanoides, pero no sabía si eran hombres. Los ojos brillaban rojos tras cristales que tenían clavados en las caras, y sus cuerpos desnudos eran abultadas bolsas pálidas y flácidas recorridas de maquinaria que se fundía con su carne y que no cejaba de sacudirse como inmersa en el frenesí de complicados sistemas de engranajes internos. Los lugares que debían ser alojo para la boca y nariz estaban llenos de gruesos tubos que sustituían los dientes y huesos de las mandíbulas y el tabique nasal. Rakna Lo Sinur, de puro horror, se empeñó en explorar la mente del monstruo más cercano. Y en verdad era un hombre, pensaba como tal, pero no con una sola voz. Hablaba a la vez que otros hombres, y algunos hablaban con él, como él. Todo dentro de su sola mente. Le dolió y tuvo que salir, pero no sin antes saber muy claramente lo que pensaban de él, el último Tritón.
En la mente del hombre máquina, Rakna se vio a sí mismo, suspendido sobre los hombres y sus vehículos, que se movían todos a lo largo del suelo de insectos. Allí levitaba su ser, con sus treinta metros de envergadura desde la cabeza a la cola, totalmente erguido en el aire como lo haría un humano sobre sus piernas. Y supo que le veían como un monstruo, al distinguir, sobre los hombros que culminaban su cerúleo y brillante torso, la cabeza sin orejas ni nariz, pero con ojos negros como los de un tiburón, y la gran boca sin labios pero llena de pequeños dientes afilados, muy parecida a la de sus compañeros abisales del desaparecido fondo del mar...
Y... esto... es... lo que sucedió.
Que un hombre, más lejos, desde lo alto de una de las máquinas de ocho patas, empezó a gritar. Pues este hombre, pese a las cualidades mecánicas compartidas con los demás, no tenía la cara colmada de conducciones, sino que sólo la parte superior de su cabeza estaba provista de metal. Tenía boca, pero ahí terminaban sus facciones, plegándosele la carne sobre una suerte de cúpula plateada que era la mitad superior de su cabeza. Pero de algún modo veía, pese a todo, o quizá lo hacía a través de los ojos de los demás, usando esas mentes compartidas.
— ¿A qué estáis esperando? ¡Ya me estáis matando ese monstruo, vamos, abrid fuego, todos, todos, TODOOOOS! —Rugió el hombre, sacudiéndose de pura ira, derramándosele de entre los dientes denso aceite oscuro que de algún lugar en su interior esputaba—. ¡MUERTEEEE!
Enseguida, Rakna Lo Sinur se vio alcanzado por una lluvia infranqueable de pesados proyectiles y haces de luz azulada. Apenas había tenido tiempo de detenerlos a cierta distancia de sí mismo usando la telequinesia, y acto seguido pasó a la acción.
Se izó hacia el cielo, dejando tras de sí una estela de detonaciones que no llegaban a tocarle, y voló veloz, fijando su atención en las armas más próximas y pesadas. Las máquinas arácnidas eran una suerte de tanques, y sus morteros soltaban fuego explosivo de repetición sin apenas pausa. Como mejor opción mantuvo su escudo mental mientras sobrevolaba las arañas de metal negro y las partía en dos con fieros manotazos. La sola potencia de sus músculos y proporción bastaban para hundir las corazas de las máquinas, pero sus garras, además, se hundían en ellas como lo hacían en agua. Chispas rojas saltaban por todas partes, mientras sobrevolaba de una a otra de las grandes máquinas, arrancándose con desequilibrado frenesí en la destrucción, abriendo algunas de par en par bajo su mirada, y aplastando a los tripulantes del interior bajo sus poderosos puños. Luego asía a los hombres máquina de alrededor en montones de tres o cinco en un puño y los aplastaba, saliéndosele de entre los dedos una desagradable mezcla de entrañas, piezas, óleo y sangre. Esparcía con los restos de hombres y vehículos un segundo manto sobre la calzada extendida por los insectos.
El combate se recrudeció cuando más ejércitos de hombres máquina llegaban a la carrera atropellada desde la distancia, acompañados de más numerosas arañas mecánicas.
— ¡Muerte, muerte, muerte! —Gritaba enloquecido aquella especie de jefe o general, subido en lo alto del lomo de la lejana araña— ¡Maldita sea, traed a los Simios! ¡TRAED LOS SIMIOS, LOS SIMIOOOOS!
Loco de indignación y sed de venganza, Rakna Lo Sinur extendió la garra invisible de su poder y retorció hacia el cielo las patas de la araña del dirigente. Éstas se torcieron y resquebrajaron hasta el punto de que se cerraban ya alrededor de su lomo, y de pronto se partió también el cuerpo mecánico de la araña. Y todo ello, patas y cuerpo, se doblaron de manera imposible ante los ojos de todos los hombres máquina, que, siendo capaces aún de sentir estupor, detuvieron el combate y miraron. Miraron cómo todo eso envolvía y aplastaba a su comandante, cerrando sus agudos gritos de furia en la forma de unos ahogados quejidos en los que ya ni se molestaba el hombre en pronunciar palabras.
La bola de chatarra se comprimió como lo haría una hoja de papel entre los dedos, pero sin que nada la sujetara, allí mismo, en el aire, entre el ejército inmóvil de hombres mecánicos, y de pronto cayó al suelo viviente con un sonido sordo y seco. Cansado del esfuerzo mental, Rakna Lo Sinur exploró de nuevo la mente de un hombre cualquiera, y allí oyó de nuevo el rumor de todos ellos:
“Ha matado al Pretor Ruddenskjrik/ La lucha debe continuar/Hay que matarlo/Los Simios podrán con él/Sí/Los Simios/Fuego/Debemos disparar/Abrir fuego/Ahora/Tiempo/Vienen los Simios”
El cansancio le dejó indefenso en el momento de la reanudación de los disparos, y varias heridas se abrieron a lo largo de su torso sin escamas. Por el contrario, su cola soportó mejor el fuego de energía y aprovechó esa ventaja para retorcerse en el aire y barrer decenas de soldados de un coletazo, y a docenas más de otro. Sentía que el poder de las almas de sus hermanos Tritones le abandonaba. Su concentración ya casi no bastaba para hacerle levitar. Sólo quería matar a cuantos pudiera de esos seres degenerados. Arrasar con todos ellos, si la vida le duraba lo suficiente... Pero... Si miraba hacia el horizonte, al infinito hacia el que se extendía el suelo artificial y viviente sobre el mar natural y cada vez más inerte, los hombres máquina se repetían eternamente haciéndose cada vez más numerosos a su alrededor, buscando unir fuerzas en los disparos que salían de sus pesados cañones de energía.
Rakna Lo Sinur no podía levitar más, y avanzó a ninguna parte reptando sobre su cola y usando los brazos para impulsarse, saltando de cuando en cuando y aplastando a grupos enteros de artilleros, volcando a golpes de hombro y manotazos las arañas tanque, lanzando cuerpos unos sobre otros como quien coge unos meros guijarros. Las heridas ya traspasaban en muchas partes la gruesa carne musculosa, y sangraban. Pero el dolor sólo acrecentaba la rabia. Porque si perdía paulatinamente la energía de los Tritones, no así sus recuerdos y dolor en el momento de la muerte, y esas amargas sensaciones impulsaban su lucha. Pero, de pronto, un rítmico sonido, varios en realidad, atrajeron su atención. Y su asombro ante esa suerte de truenos que sacudían con sus golpes el suelo artificial bajo su cuerpo, aún creció más ante la algarabía de celebración de los hombres máquina que un segundo antes le estaban combatiendo con una total falta de miedo. Todos alzaban los brazos y sacudían sus infames cuerpos abultados, mientras un rumor o gemido salía de sus interiores, como simulando una voz de alegría. Sonaban como miles de angustiados bebés que se estuvieran ahogando, a pesar de todo, como si esa forma degenerada de los seres humanos no supiera ni darle el sonido que se merece a la alegría, de tan pervertida que ya estaba su naturaleza.
Alzó la mirada de entre esa muchedumbre y vio lo que celebraban. La llegada de los Simios. Grandes máquinas bípedas, tan negras como las arañas, y seguramente también tripuladas, que se alzaban decenas de metros sobre patas articuladas de tres dedos. Sus cuerpos eran la simple forma de una amplia esfera sobre la que se situaba otra un cuarto más pequeña, y la masa gruesa, larga y tremendamente recargada de los brazos realmente les hacían parecer unos gorilas gigantes. Las monstruosidades mecánicas no esperaron a encontrarse con él en batalla y lanzaron, desde los electrodos unidos a sus pinzas prensiles, largos haces de energía roja. Rakna Lo Sinur sintió calambres a lo largo de todo su ser y se retorció a trompicones sobre los hombres, matando a buena cantidad de ellos sin proponérselo siquiera, mientras las máquinas se cernían sobre él disparando relámpagos escarlata. Siguieron acercándose sin darle cuartel, primero dos, luego cinco, al final seis de ellas. Y entonces entre todas alargaron sus grandes y potentes pinzas de carga y cada cual cogió una extremidad o aleta del cuerpo del Tritón. Y tiraron, y tiraron. Cada máquina en una dirección. Y al tiempo todos los hombres abrieron fuego. Y la carne y el hueso y la entraña y, por extensión, el alma de Rakna Lo Sinur, se partieron todos en mil pedazos.
Y él, al final, se maldijo a sí mismo y a todas las razas de Inmortales, allá donde estuvieran, al comprender que ellos, todos, habían dado forma y propiciado la perpetuación de la especie del hombre. Porque, pese a ausentarse de su historia y retirar todo poder Inmortal de su conocimiento, el hombre había desarrollado poderes nuevos, y más terribles. Y el hombre había tomado el lugar de la Muerte en el universo.
Y... esto... es... lo... que sucedió.

FIN

martes, 1 de septiembre de 2015

EL POLVO DE LOS MUERTOS VIVIENTES

Pasen y vean, majaderos...



Bueno, quiero re-inaugurar este blog con la publicación del relato que resultó ser censurado por Wattpad a razón de las denuncias de algún o algunos usuarios... Es irónico que lo redacté pensando no sólo en realizar una historia de acción y erotismo salpicada de abundante gore, si no también buscando retratar la hipocresía, maleabilidad, y la capacidad de violencia y salvajismo, y de sentido de doble moral que llevan dirigiendo a la especie humana de esta misma guisa desde su origen, sin duda alguna. No es una sátira, aunque mi colega y amiga María Larralde insiste en que lo es (supongo que como género quizá encaje en esa categoría). El caso es que retraté a la gente como realmente es, y las reacciones suscitadas en Wattpad son la prueba de que lo escrito en el relato, aunque no haya pasado nunca, es totalmente verídico. Porque como escribí en un comentario ya desaparecido: así sois... Así es.

El relato traspasó la línea entre lo ficticio y lo real como nunca hubiera esperado, y como muchas veces intento hacer sin tanto éxito: los usuarios de Wattpad vengaron a Catapelsky.

Por cierto, el origen de la creación de este relato fue una conversación con la misma María Larralde, quien me retó a desarrollar la idea que es también el título... Personalmente, estoy satisfecho.

El espectacular dibujo de la portada es del artista Jun-Oh:
https://www.facebook.com/JuNXOH?fref=ts

Y ahora... Que comience la función.



Para María Larralde...

Y ahora, que comience la función...


EL POLVO DE LOS MUERTOS VIVIENTES


Y eso que sólo era la segunda edición. La segunda temporada del programa-concurso “Apocalipsis Zombi” estaba resultando ser todo lo impactante, espectacular, dramática e intrigante que nunca jamás había llegado a ser cualquier otro producto televisivo. Tras la ampliación a 23 distritos del terreno de juego que se había tenido que proyectar a partir de la fuga de infectados durante las labores de mantenimiento tras la primera temporada, los organizadores habían temido que el inmenso laberinto de calles infestadas de zombis resultara en un desarrollo disperso, lento, aburrido y por lo tanto muy poco conveniente para mantener las audiencias del nuevo año, por mucho que el número de participantes se hubiera incrementado de los 20 del programa debut a los 56 del nuevo y obligado formato. Pero... ¡para nada!

Así había sido: la cosa no había tardado en ponerse interesante cuando todo el grupo de supervivientes había convertido la convivencia con un único miembro en especial en todo objeto de controversia. El joven voluntario de 21 años, con síndrome de Down, David Catapelsky, fue señalado enseguida como primer prescindible de aquella edición al hacer perder al equipo la prueba quincenal, privándolos a todos de la tan necesaria entrega de víveres y armas. La cosa no había mejorado mucho cuando había olvidado situar en su sitio el percutor de una pistola que él mismo había limpiado durante su turno, provocando con ese descuido que tres miembros de la partida que había salido a recuperar alimento y equipo fuera del refugio perdieran la vida de espantosa manera durante un encarnizado enfrentamiento contra una multitud de muertos vivientes. El hambre y el terror habían apretado, y el grupo se había visto obligado a dividirse después de que estallaran varias batallas campales dentro del mismo refugio (un gran centro escolar, convenientemente reforzado por el equipo de arquitectos e ingenieros del programa a tales efectos). Las muertes se sucedieron, y el joven Catapelsky fue finalmente secuestrado por el bando que le consideraba un auténtico lastre, así como el verdadero y único culpable de los sucesivos desastres que diezmaban a los voluntarios participantes uno tras otro, jornada a jornada...

La audiencia sufrió un repunte sin precedentes aquellos días. El programa ya era el más exitoso y con más proyección de patrocinadores de la historia de cualquier clase de entretenimiento audiovisual, en gran medida por la audacia de la idea, por la personalidad de los voluntarios (cuidadosamente seleccionados por su carácter y atributos) y por el alarde tanto logístico como tecnológico del formato, con la implicación del desarrollo, mediante el contrato con tres diferentes farmacéuticas, del patógeno que hacía posibles y reales a los tan recurrentes y morbosos zombis que las viejas películas gore de acción de los cincuenta años anteriores habían hecho tan populares...

También, la planificación del espacio, desalojando y recolocando, mediante acuerdos con el ayuntamiento y el gobierno, hasta a un quinto de la población de aquella cosmopolita y concurrida ciudad, para diseminar por los distritos concertados la legión de aproximadamente veinte mil muertos vivientes que debían servir como ancho mar muerto para los náufragos participantes; la instalación, mantenimiento y control de los cerca de siete mil cámaras que permitían inspeccionar hasta los más perdidos y oscuros callejones de los distritos, y el trabajo de edición, en el que se abusaba de un sencillo y espectacular efecto de zoom digital durante las discusiones entre los participantes y, sobre todo, durante las ejecuciones de zombis o las dramáticas muertes a manos de los mismos muertos caníbales de los perdedores del día... Todo el mundo podía ver en su casa, en alta definición y con un efecto de violenta aproximación, como si les lanzaran desde su propio sofá contra las imágenes, cómo los huesos, las vísceras, los sesos, y, en definitiva, las mismas sensaciones, eran removidos con violencia de sus continentes a todas horas, con la consecución durante todo el día de repetitivas pero exitosas moviolas para todo aquel que se lo hubiera perdido o para quien simplemente necesitara recrearse en alguna escena en particular... En realidad, el programa era el mejor producto de entretenimiento de la historia por una sencilla razón: ¡porque no podía ser de otro modo!

Y como se venía diciendo, la audiencia aumentó a cotas que nadie hubiera sido capaz de proyectar, cuando, en mitad del momento de más hambruna y resentimiento, el grupo que veía en el pobre David Catapelsky al desencadenante del funesto desarrollo del programa (ya con él recién sustraído de entre la protección de los supervivientes que aún le consideraban un compañero) lo sometió a un multitudinario linchamiento del que las cámaras dieron testimonio con un nivel de detalle propio de la medicina forense, a plena luz del mediodía, a la hora de comer, y en directo para todo el mundo en sus casas.

Lo primero que le había ido cayendo al joven mongólico no había pasado de unas largas series de collejas y bofetones acompañados de fuertes tirones que le habían ido desgarrando y finalmente arrancado progresivamente toda la ropa. Pronto, los más violentos pasaron a soltarle desmedidas patadas a los vacilantes y grasientos glúteos, así como contra su hinchado vientre, mientras él rebotaba de aquí para allá entre todos los rabiosos concursantes, con sus sucias zapatillas deportivas como toda protección ambiental proveyéndole de cierta estabilidad en sus trompicones sobre el asfalto de la cancha de baloncesto de aquel patio. El joven Catapelsky, reacio a los maltratos, había soltado algún que otro empujón e incluso acertado a apuñetear algún rostro en su confusión, pero su deseo de defenderse, su resistencia, no hizo más que enardecer a sus acosadores, y enseguida empezaron a caerle golpes con palos y sillas plegables lanzadas de manera más o menos malintencionada. El grupo empezó a celebrar la paliza, y todos pasaron a comportarse como verdaderos animales. Catapelsky ya lloraba y apenas reptaba a cuatro patas, con toda su piel enrojecida e incluso hinchada, y empezando a amoratársele de los multitudinarios golpes. Ante la mirada horrorizada, escandalizada, eufórica o emocionada pero, sobre todo, atenta de la creciente audiencia de ese día, a esa hora, el joven con síndrome de Down fue sodomizado brutalmente por los más salvajes de los desatados concursantes, mientras el resto seguían apaleando su cabeza apretada bajo sus regordetes y cortos brazos. Antes incluso de que terminaran los turnos para la violación, otros integrantes del grupo habían ido preparando una improvisada pero funcional barbacoa en la que apenas una hora después empezaron a cocinar vivo al valiente Catapelsky.

A raíz de eso, los directivos del programa, sabiendo muy bien cómo dirigir las pasiones de sus telespectadores, no tardaron en lanzar una campaña de donaciones a través de SMS, llamada telefónica y por internet, que resultó ser todo un éxito. La campaña se llamó “Venguemos a Catapelsky”, y consistía en una reunión de fondos especialmente dedicada a proveer de armas avanzadas a los excompañeros y protectores en vida de David Catapelsky, para así vengar no sólo dicha muerte, si no las otras cuatro provocadas por la lucha entre los dos grupos. De este modo, aún subió más la audiencia, varias unidades más, por increíble que fuera. Era como si todas aquellas personas sin televisor se hubieran comprado uno para poder ver el programa. Y el día señalado para la venganza, de nuevo la audiencia reventó los propios registros récord del programa...

El equipo de operativos y directores del formato dieron el todo aquel día, proporcionándoles a los telespectadores el mejor directo de la historia de la televisión, con un seguimiento y planificación de edición en vivo totalmente innovadores e insuperables. Aquel día, poco más de una decena de participantes se enfrentaron a cerca de treinta, y la audiencia pudo deleitarse en la consumación de la justa, deseada, y espectacular venganza... Los excompañeros de Catapelsky salieron de sus patéticas barricadas en un rincón del patio trasero del centro escolar armados con fusiles automáticos, ametralladoras y escopetas, mientras que sus rivales apenas disponían de cinco pistolas y toda una variedad de armas contundentes, algunas proporcionadas a lo largo del programa como premio junto a las de fuego, otras improvisadas con lo que bien habían podido recuperar del exterior invadido por los muertos vivientes... 

La gente siguió con avidez y creciente emoción la batalla. Los asesinos de Catapelsky, aterrorizados ante la muerte segura que se les acercaba a tranquilo paso sin dejar de disparar, habían ido retrocediendo hasta llegar a buscar refugio por el interior del centro escolar, el cual apenas era utilizado para dormir durante las frescas noches y poco más. Allí dentro pudieron presentar una mejor resistencia, pero por breve tiempo. Los directores del concurso habían proporcionado tanto munición de sobra como granadas de mano a mansalva a los ejecutores de la venganza, de modo que pronto atacaron en sus sofocantes refugios a aquellos que de algún modo se mantenían a salvo dentro de las aulas y pasillos, y cuando el humo y el polvo se disiparon, pudieron entrar a rematar con violentas maneras a los tullidos y ensangrentados supervivientes de la masacre, que, o bien se arrastraban ciegos de confusión y miedo, o languidecían ante las cámaras durante lastimeras súplicas. Las muertes fueron rápidas, pero tan expeditivas que ningún seguidor de los miles de millones que tenía el programa alrededor del mundo habría sido capaz de no expresar su satisfacción sin una incontenible y nerviosa sonrisa de emoción...

Obviamente el concurso no terminó ahí. El número de participantes se había reducido drásticamente en sólo un día de lucha, pero seguían adelante dentro de su cruzada por la supervivencia. Los directores sabían que no podían dejar que el resto del programa transcurriera durante un relajado recuento de las provisiones (que repentinamente eran más que suficientes para los que quedaban), y que los participantes restantes demoraran sus escarceos por el exterior de su recinto a cuenta de que no tenían ninguna pronta necesidad. Y, aun sabiendo de antemano que no podrían mantener los niveles de audiencia como durante todo el asunto sobre David Catapelsky, establecieron que los ganadores de la batalla debían aprovechar su nuevo armamento y recién recuperado avituallamiento para practicar un éxodo. La directiva del programa comunicó a los participantes, así como a los espectadores, que las puertas y vallas del recinto escolar serían voladas eventualmente por cargas explosivas disparadas desde helicópteros, y que la única manera de ganar en el programa (y por tanto, sobrevivir), era recorrer la ciudad entre los zombis hasta la parte más alejada del muro de veinte metros de hormigón que cerraba el terreno del concurso: unos 13 distritos de viaje a pie hacia el sudoeste, donde se les esperaría a puertas abiertas con todo un pelotón de fuerzas especiales y apoyo aéreo, más que suficiente para controlar la lenta y torpe muchedumbre zombi.

De ese modo, el programa afianzó la recién adquirida audiencia, si bien ya pocos seguidores más podía ganar: la segunda temporada estaba siendo un todo un fenómeno mundial que era seguido incluso a través de diferentes y múltiples servicios de pago por visión a través de internet, e incluso pirateado asiduamente en muchas redes sociales clandestinas. La siguiente y, presumiblemente, última prueba de los (así bautizados por los pases de promoción de la propia cadena) “Mártires Catapelsky” era el adecuado clímax dramático para el progreso en el programa de los concursantes supervivientes, quienes habían posicionado su moralidad y humanidad antes que su propio bienestar, quienes habían visto malograda toda su buena intención de defender al perdido David, y quienes habían tenido que soltar a su propia bestia interior tanto en previsión de un ataque asesino del grupo más grande, como por el mismo deseo de venganza...

Y de este modo, el éxodo de los “Mártires Catapelsky” dio comienzo. Los supervivientes no tuvieron muchas dificultades para limpiar la parte delantera del centro escolar, abriendo enseguida una brecha entre los muertos vivientes que les permitiría alejarse con seguridad y rapidez del refugio. Los trece supervivientes habían salido organizados, preparando una estructura de movimiento en la que los más fuertes y mejor armados protegían a los más débiles, quienes llevaban las escopetas (más efectivas a distancias cortas), el grueso de la munición para todas las armas, y las granadas de mano restantes. Todos los víveres habían sido repartidos en cantidades ligeras e individuales en la mochila de cada concursante, contando con comida y agua para, como mucho, dos días (no contaban con vivir mucho más si fracasaban, ni el viaje duraría tanto, si tenían éxito), de modo que podían moverse con soltura y precisión. Recorrieron prestos más de la mitad de los distritos, abriéndose camino por las calles principales, avanzando a toda velocidad, mientras los muertos vivientes de otras zonas iban cerrándoles el camino ya recorrido en una lenta procesión, siguiendo el sonido de los disparos y explosiones. Lo que hasta entonces había resultado un avance más o menos sencillo entre una dispersa cantidad de zombis, se había ido volviendo de manera progresiva e imperceptible en una cada vez más densa y continua refriega contra una masa de cadáveres caníbales que se agolpaba desde otros distritos atraídos por el único sonido que recorría todas las calles (además del de sus renqueantes y secas gargantas, por supuesto): el sonido de la misma batalla, que se recrudecía por momentos.

Pronto, el grupo se vio tan superado de blancos por abatir, que se vio obligado a detener el avance para dedicarse a la ejecución de los muertos vivientes. Volaron granadas por los aires, que al estallar lanzaban tripas y miembros, y cuerpos enteros incluso, por todas partes. La labor de edición de esa jornada estaba resultando en el mejor clímax jamás rodado en cámara, probablemente imposible de superar aquella dramática debacle, el terrible fin que esperaba a los “Mártires Catapelsky”. Algunos supervivientes rompieron la formación e intentaron salir huyendo por callejones, sólo para descubrir que en ellos se agolpaban unos contra otros, e incluso unos sobre otros, los zombis, que con sus brazos extendidos y sus caras secas pero anhelantes, buscaban el calor y humedad de aquellos cuerpos rosados que se agitaban alocados. Se echaban sobre los concursantes como una lenta y sensual marea de deseo, desparramándose sobre ellos, tan sobrepasados, y acertando apenas unos pocos a mordisquear algo de su carne mientras más muertos se echaban sobre los primeros, y alrededor, sumiendo a sus víctimas en una pesadilla de dolor insufrible y agónica asfixia.

Y los que habían mantenido sus posiciones se vieron rápidamente cercados por la segura peste que traían consigo los miles de zombis, pues sus alientos mismos parecían haberles sido arrebatados momentos antes de llegar a ser zarandeados por la infinidad de manos rígidas y descarnadas dentaduras que se sacudían en espasmódicos mordiscos incluso en el vacío, dejando alguno la lucha incluso antes de quedarse sin munición, uno que otro volándose él mismo la cabeza con su arma de fuego... Pero, ¡un momento! Un par de los supervivientes se habían conseguido escabullir hacia un lado de la calle, y, empujando y apaleando a los muertos que les cerraban el paso, habían logrado pasar al interior de una vieja ferretería, tras echar abajo la puerta principal con una potente embestida. Las cámaras no podían filmar el interior, pero, sin duda, encontraron rápidamente algo con lo que bloquear la entrada, pues lo que parecía la parte trasera de una pesada estantería ocupó el oscuro espacio que desde fuera podían escudriñar los seguidores del programa... Y quizá por su propio peso, quizá debido a la torcida posición, de alguna manera impedía a los muertos vivientes abrirse paso al improvisado refugio de los dos supervivientes...

Con el resto de los concursantes ya muertos, pero aún retransmitiéndose en una esquina de la pantalla su destripe y mutilación a manos de los zombis, aparecieron en pantalla los dos presentadores del programa, Mazaias Tergara y Salvador Nisce. 

—¡Vaya, vaya, pareciera que el programa de este año sea una inacabable serie de sorpresas! —exclamó Mazaias para la cámara, agitándose completamente como nervioso, de pies a cabeza, dentro de su traje azul rematado con corbata roja. Su rubio y recio tupé se zarandeó de tal manera que unos pocos pelos se desprendieron de su lacado y bailotearon sobre su frente. Parecía un cocainómano vibrando durante el momento álgido de su colocón... y probablemente así fuera—. ¡Acabamos de ver cómo Shaun Spencer derribaba esa puerta como si de una lámina de papel se tratara, llevándose consigo a la joven Karen Anvel, sin duda salvándola a ella de una terrible muerte que por sí misma no sería capaz jamás de evitar! ¿Verdad Sal?

—Así es, Mazaias, así es... —aseveró mucho más tranquilo su compañero, vestido, como siempre, del mismo modo, pero luciendo un pulcro peinado rapado que parecía reafirmar su estabilidad emocional más allá de una mera pose ante la cámara. Se volvió hacia los telespectadores, como había hecho el mismo Mazaias poco antes, y continuó el discurso, mientras distintas tomas del holocausto caníbal de los muertos se desarrollaba detrás de ellos—. Shaun Spencer, ex jugador de fútbol americano, de 47 años, retirado, y Karen Anvel, estudiante de 18 años, parecen ser ahora los únicos concursantes de Apocalipsis Zombi, pero... Improbablemente serán ganadores, ¡salvo que ocurra un milagro!

—Claaaaaro que sí, amigo —siguió Mazaias, volviendo a menear frenéticamente su deshecho tupé—. ¡Por el amor de una madre, joder, es que esto es increíble! ¡Menudo final para los “Mártires Catapelsky”! Acabamos de presenciar una apoteósica batalla desesperada contra el destino... La fuerza de la voluntad humana, la determinación del corazón de cada uno de nuestros concursantes, de nuestros MEJORES CONCURSANTES, enfrentándose a la misma muerte encarnada en los vacíos ojos y ávidas bocas llenas de podridos dientes de miles de PUTOS ZOMBIS.

—¡Putos zombis! —interrumpió Salvador, socarrón—. ¿Crees que alguno de los perdedores de hoy habrá tenido la frialdad de pensar eso siquiera? ¿¡Putos zombis!? ¡Se me van a comer, los putos zombis!

—Lo dudo mucho, Sal, viejo amigo —añadió sonriendo Mazaias—. Supongo que yo, en su lugar, estaría demasiado ocupado en mis últimos momentos apretando bien el culo para no cagarme encima y morir ante las cámaras con algo de puñetera dignidad...

—Y ahora... ¿qué podemos esperar de nuestros dos últimos e inesperados héroes? —empezó a decir más serio Salvador, para la cámara de nuevo, directamente para los seguidores del programa—. Todos sabemos que nunca fueron ni los más hábiles ni los más listos... Shaun Spencer, un portento físico, toda una fuerza de la naturaleza, capaz de aplastar cráneos de zombi con sus propias manos —al momento de decir aquello, varias imágenes del mismo Shaun ejecutando zombis a manos desnudas aparecieron a un lado de la pantalla, espectaculares montajes con zoom en alta definición—, pero un negado como líder o siquiera como resuelto colaborador. Y Karen Anvel, la joven e inútil chiquilla que quería ser famosa de un día para otro, haciendo poco más que desgastar víveres en el refugio y provocar altercados con otras féminas del programa...

—¡Féminas! —Mazaias rió a carcajada suelta, mientras Salvador le miraba complacido—. ¡Oh, por Dios, me encanta esa palabra! Así es, Sal, de todos modos. ¿Qué cojones podemos esperar de estos dos energúmenos, sobre todo tras los espectaculares y dramáticos sucesos de estas últimas cuatro semanas? En mi opinión, cuanto queda por hacer aquí, es sentarse, relajarse, y esperar que esos putos zombis hijos de puta se los coman cuanto antes y de la más ridícula de las maneras. Estaremos atentos, proyectando para ustedes en miniatura el asedio zombi al refugio de los últimos de los “Mártires Catapelsky”, mientras volvemos a ofrecerles las mejores secuencias de toda la aventura que ha sido hasta ahora... 

Y ambos presentadores nombraron al unísono el nombre del programa.

—... ¡Apocalipsis Zombi!

Y corte para publicidad.




—¡Joder tío, no quiero morir! ¡No quiero morir así, tío! ¡Que todavía soy virgen!

—¡¿Qué?! —exclamó distraído su compañero, revolviendo entre las cajas y cajones de las estanterías de la ferretería.

—¡Que todavía soy virgen, tío! 

Shaun Spencer dejó un instante el jaleo que estaba organizando con todos aquellos trastos, y la miró de arriba a abajo. 

—¿Qué coño vas a ser virgen tú? Esos escotes, esos diminutos shorts... Antes de que el mongólico cabreara a todo el mundo, parecías no querer otra cosa que un puto rabo entre tus piernas... tú... ¡como te llames!

—¡Pues claro, tío! —repuso ella, cambiando el peso de su cuerpo de pierna, mientras se cruzaba de brazos, en un gesto muy propio de las jóvenes de su raza—¡Joder, yo esperaba hacerme una superestrella siendo la primera chica en perder la virginidad en directo en Apocalipsis Zombi, habría sido famosa para siempre, de conseguirlo, joder!

— Vaya tela... —susurró Shaun, pero lo bastante alto para que ella le oyera por encima de los golpeteos y jadeos de los zombis al otro lado de las polvorientas lunas del local.

—¡Anda el viejo! —chilló la joven, abriendo mucho los ojos, pareciendo que se le iban a salir las blancas esferas de las cuencas para rebotar por el suelo. Relinchando con sus gruesos labios una especie de suspiro de desprecio, siguió hablando: —. Tú estás aquí por amor al arte, ¿no?

—Pues necesitaba dinero... ¡y rápido! Debo mucha pasta a gente muy mala, y si no la consigo en lo que dura el programa, estoy mejor en el estómago de estos hijoputas —explicó escuetamente, señalando hacia los zombis del exterior con una sacudida del mentón.

—Vamos a morir, ¿no? —preguntó despacio la joven, sin querer volverse hacia las borrosas siluetas de los muertos vivientes, que hacían rechinar uñas y dientes contra el cristal.

—Supongo, hija... 

—Hummm, ¿por eso me has salvado, porque te recuerdo a tu hija? —dijo de repente Karen poniendo su negra mano sobre la muchísimo más grande y blanca de Shaun, en el mostrador del dependiente, con un tono meloso... demasiado meloso.

—¿Qué? ¡Era una forma de hablar! ¡No! No tengo hijos ni nada, nunca me casé... Ese rollo no me va. Joder, sólo quería ayudar a alguien, supongo que estabas más cerca que cualquier otro... No sé para qué ha servido.

—¿Sabes? No quiero morir virgen, tío... —sentenció ella acercándose a él, buscando premeditadamente la cercanía y ser capaz de oler su sudor, y a ser posible, llegar a hacerle sentir a él el suyo propio.

—Sí, ya te oí antes, hija... ¿oye, qué haces?

—Me llamo Karen, tronco —le susurró ella, acercando sus oscuros labios a los suyos y haciéndolos chocar brevemente, impregnándoselos de la humedad de su saliva.

—Yo... yo Shaun... —tartamudeó él, en un pequeño momento que ella dejó pasar antes de volver a estamparle sus labios e intentar hundirle la lengua.

Él se dejó embargar por un momento por el repentino deseo que ella exudaba... Prácticamente era algo físico, un aura, dentro de la que él mismo se encontraba y de la que se veía poseído. Abrazó con sus grandes y musculosos brazos la pequeña y delgada figura, primero atrapándola contra sí a la altura de la espalda, mientras aspiraba y chupaba la lengua que ella le ofrecía, restregando sus labios, secos poco antes de sed y sofoco, pero ahora húmedos y tiernos por la saliva que ella segregaba abundantemente. Bebió de ella, de su boca, sintiéndose saciado de muchas maneras distintas, mientras sus manos relajaban su abrazo para bajar hasta la cintura y seguir la curva de las generosas nalgas tiernas de la negra, envueltas en los ajustados vaqueros sin perneras. Ahí de nuevo la apretó con ganas, sus dedos hundiéndose en los glúteos, y levantándola hacia sí, para llevarla a su altura, mientras tiraba ligeramente con cada brazo por su lado correspondiente, como si quisiera abrir a la chica por la mitad.

Aquel movimiento la excitó sobre manera. No sólo notó cómo se le habrían de par en par los labios de su sexo al ser izada así, también la salida de su ano la sentía repentinamente ventilada, y unas gotitas de sudor que poco antes se perlaban sobre su piel entre los glúteos vibraron y comenzaron a resbalar en rápida carrera, frías, alrededor y por encima de las pequeñas arrugas de aquel. Se estaba volviendo loca, y se abrazó al cuello de Shaun mientras con las piernas le envolvía por encima de las caderas. Todo eso había pasado en apenas dos segundos, y cuando parecía que ya nada detendría su mutua y explosiva pasión, Shaun abrió mucho los ojos y empujó suavemente la lengua de Karen fuera de su boca, mientras gemía, queriendo darle a entender que quería decir algo. Ella pensó que sólo jugueteaba y rumiaba de goce, así que hizo fuerza y prácticamente le violó la boca hundiéndole casi hasta el gaznate su lengua. Tentado estuvo de dejarlo correr y seguirle la corriente a la joven, pero no, quizá aquello mismo les permitiera salir con vida del concurso, y debían intentar utilizarlo.

La dejó caer sentada sobre el mostrador, dándose media vuelta, y se apartó de ella cogiéndola por los hombros.

—¿Qué pasa? —dijo ella con una increíble cara de pena—. ¿Es que lo hago mal?

—¿Mal? Joder, Karen, no me puedo creer que nunca hayas tenido sexo antes...

—Bueno... esto sí lo tengo hecho, pero no más... —explicó como presumida, mientras abría y cerraba las piernas ahí sentada, mostrándose ansiosa. Su rosada lengua se relamía los oscuros y tiernos labios.

—No es eso, Karen —la calmó él, acercándose de nuevo, pero no tanto esta vez—. Escucha, cariño, esto mismo, lo que quieres, quizá nos saque de aquí.

—¿Qué? —exclamó con la voz muy aguda, al punto de la carcajada—. ¿Me vas a follar tan fuerte que saldremos volando? Porque si no, no lo entiendo...

—No, piénsalo... Como dices, serás la primera persona en perder la virginidad en Apocalipsis Zombi... bueno, también lo hizo el mongólico, a su manera, pero dudo que eso cuente —recordó Shaun, pensativo.

—Bueno, ¿y qué? Mira este sitio, aquí ni siquiera debe haber cámaras, a no ser que estén muy escondidas. Los zombis acabarán entrando y moriremos... ¡Sólo quiero hacerlo antes de palmarla! —insistió Karen, acariciándole con ambas manos toda la entrepierna.

—No, Karen... Mira. Si les damos un espectáculo digno del recuerdo, si ambos nos convertimos en superestrellas para siempre, como tú dijiste, tendrán que sacarnos con vida, porque se morirán por nosotros, los fans se volverán locos por vernos en los tours de promociones, las entrevistas millonarias se sucederán, el merchandising tendrá un alcance de demanda inimaginable... Yo jugaba al fútbol americano, sé cómo es el puto circo mediático. Nos necesitarán para chupar del bote. Porque seremos leyendas de Apocalipsis Zombi.

—No sé de qué hablas, Shaun, ni siquiera nos quedan armas: ese rifle tuyo, sin balas, y mi machete... ¿Qué...?

—Tenemos armas por todas partes, aquí... Y... Ese primer y último polvo que deseas... ¡Sí, lo vamos a echar! 

A Karen le brillaron los ojos mientras se le asomaba una ancha sonrisa en la que mostraba la práctica totalidad de sus blancos y perfectos dientes.

—¡Vamos, desnúdate! —la apremió él, empezando a tirar de su camiseta gris de tirantes hacia arriba, sin ningún cuidado, sin dejarla ni bajarse del mostrador. Cuando la dejó en sujetador, él mismo la alzó levemente por la cintura para ayudarla a ponerse de pie en el suelo—. ¡Quítate el sujetador, los pantalones, todo!

—¡Ya va! —le calmó ella, mientras obedecía, viéndole revolver frenético entre más trastos de la tienda, a un lado—. ¡Vaya, tío, pensaba que ibas a seguir poniéndote tierno!

—¿Eh? ¡Nos pondremos, nos pondremos tiernos, te lo prometo, pero espera, tú desnúdate, maja!

—¡Maja! —repitió ella en un suspiro, y siguió desvistiéndose.




El larguísimo corte para publicidad seguía transcurriendo, con un cuarto de la pantalla, en la esquina superior izquierda, mostrando un montaje de las mejores imágenes de toda la violencia cada vez más sangrienta que se había ido desarrollando desde el inicio de esa segunda temporada... Pero, tan pronto como algunos atentos operativos de la sala de control distinguieron que la entrada a la ferretería empezaba de nuevo a abrirse, se interrumpieron de inmediato los comerciales para volver al directo en pantalla completa. Habían pasado unos 30 minutos desde que se habían encerrado en aquel lugar los últimos “Mártires Catapelsky”, y buena parte de los muertos vivientes se habían dispersado de nuevo a lo largo de todas las calles, tras dejar poco más que unos manchurrones sanguinolentos acompañados de trozos de ropa en jirones como restos de todos los perdedores del evento. Apenas una decena de zombis mantenían su atención sobre la ferretería, como incapaces de borrar de sus pútridas retinas el recuerdo de haber visto esconderse ahí a Shaun y Karen. Y precisamente por eso era por lo que, suponía todo el mundo, estarían intentando reanudar el éxodo, que ya se daba por fracasado, sin atisbo de duda...

—¡No me lo puedo creer! —empezó a escucharse gritar al presentador Mazaias Tergara, pese a estar totalmente fuera de plano. Lo que se mostraba en todos los televisores era la entrada quedando muy poco a poco despejada—. ¡Atención televidentes, que los dos pendejos se la van a jugar, como no podía ser de otro modo!

—¡Por supuesto, Mazaias —aportó Salvador Nisce—. Los concursantes que seguimos no serían ganadores jamás como no fuera formando piña con supervivientes más preparados... Pero por otra parte, saben a qué juegan, y seguramente darán el todo por el todo hasta terminar destripados miserable y tortuosamen...

—¡Dios de mi vida! ¿PERO ESTO QUÉ ES? —interrumpió Mazaias mientras todo el que seguía el programa podía ver lo que tanto le sorprendía—. ¡¿PERO QUÉ ESTÁ PASANDO, SAL?! ¡¡¿VES LO QUE YO?!!

—Efectivamente, Mazaias, lo veo —repuso Salvador, siempre calmado—. Los concursantes Shaun Spencer y Karen Anvel parecen estar totalmente desnudos... y... abrazados sin duda, el uno al otro.

—¡Cállate, Sal, no seas imbécil! ¡Esto no es la puta radio, todo el mundo lo está viendo! —se escuchó gritar al presentador Mazaias, totalmente desatado, a su compañero—¡Joder! ¡¡ESTA ES LA MEJOR EDICIÓN DE APOCALIPSIS ZOMBI QUE VERÁN USTEDES EN SUS VIDAS, HIJOS DE PUTAAAA...!

El sentido declamo para los telespectadores de Mazaias reforzaba el impacto y espectacularidad de lo que estaban haciendo Shaun y Karen. Con un montaje desde varios ángulos y practicando toda una serie de precisos zooms, las cámaras registraban a ambos totalmente desnudos, de pies a cabeza (excepto Shaun, que aún calzaba sus botas sin calcetines), él llevándola a ella en volandas, sujetándola sin ningún reparo desde las negras, bonitas y pequeñas nalgas desnudas, mientras que ella le abrazaba a él del cuello con sus brazos y de la cintura con sus piernas. Más allá de las muñecas de él se extendían, atados contra la piel de sus antebrazos con lo que parecía abundante cinta de embalar, la oxidada hoja de una sierra más allá del puño derecho, y el mellado filo del machete que antes pertenecía a Karen, desde el izquierdo. Ella tenía envueltas las pantorrillas desde los tobillos hasta los gemelos del mismo modo, pero alargándose sus extremidades más allá de los desnudos pies en la forma de la brillante cabeza de un plateado y gran martillo de uña en la pierna derecha, y con la de la hoja roja y nueva de un pequeña hacha de mano, en la izquierda; incluso cruzada de piernas alrededor de Shaun como estaba, podía hacer mucho daño si éste se ponía a girar sobre sí mismo.

Los precisos enfoques de las cámaras mostraron en primer plano para todos que el erecto miembro viril de Shaun se apretaba contra Karen entre sus sudorosas nalgas, como si estuviera proporcionando para los espectadores una medida de hasta dónde podría penetrarla. Y mientras los zombis se separaban con desidia de los sucios cristales de los escaparates del local, y antes siquiera de prestar atención ninguna al peligro que representaban, Shaun miró a Karen a los ojos muy de cerca y asintió con las cejas enarcadas, interrogativo. Ella le miró fijamente y asintió a su vez, con verdadera cara de miedo y prisa, antes de abrazarse aún más fuerte a su cuello y apoyar con fuerza su barbilla contra uno de sus hombros. Cerró los ojos y... Sintió cómo Shaun la alzó levemente, del mismo modo que un rato antes, cuando seguían vestidos, pero haciéndolo aún más rápido y apretándola bien contra él, lo cuál la sorprendía pero no tanto como lo que todos pudieron ver en sus casas.

Lo que se vio en espectacular primer plano en los televisores de todos fue cómo el pene duro y grande del ex jugador resbalaba entre los glúteos negros de Karen y repentinamente enfilaba contra su oscura vagina de rojizos matices interiores. El extremo de Shaun empujó tanto sus labios exteriores como interiores, claramente desbordados por el brío y el tamaño de la embestida, y parecía que estaba plegando a la joven hacia su propio interior por un momento, mientras ella gemía con la cara torcida en gesto de dolor, alivio y sorpresa, escapándosele, desde la mitad del grueso labio inferior de su boca, un largo hilo de saliva sobre Shaun, mientras la asaltaban verdaderos deseos de morderle incluso. En la tele se pudo ver cómo el sexo de Shaun se detenía brevemente, mientras parecía que la chica se resistía a dejarse caer sobre él, pero también se notó la presión de sus fuertes brazos por cómo se marcaban los anchos dedos contra las nalgas al empujarla hacia abajo... El pene entró entero, hasta los testículos, de una sentada rápida y seca, y en todo el mundo se escuchó a Karen pasar de gruñir ruidosamente a gritar a voz en grito, muy abrazada a su compañero. 

—¿Estás bien, cariño? —le dijo él junto al oído, pero lo bastante alto para que ella pudiera entenderle por encima de los jadeos y rugidos de los zombis, y consiguiendo con ello, además, que su voz se captara muy clara desde los micrófonos direccionales de las miles de cámaras.

—¡Oh, joder, sí! ¡Sí estoy bien, pero eso dolió! —le gritó a su vez, aún apretada de brazos y piernas contra él, que caminaba con ella aún cogida del culo para tomar distancia de los zombis de la ferretería.

Todo el mundo celebró a gritos desde sus casas, en los bares, en las calles, donde fuera que estuvieran viendo el programa, el momento en que ella decía aquello, sin ser capaces de creerse la emoción, el humor, la espectacularidad y la sensualidad explícita de todo lo que estaba pasando ante las cámaras.

Los muertos vivientes del resto de la calle ya les empezaban a prestar atención, quizá por el olor, quizá por su rapidez de movimientos... el caso es que todos los muertos empezaron a acercarse a ellos de una manera lenta, inexorable, pero por el momento gradual. Y Shaun y Karen apretaron el acelerador.

—¡Estira las piernas, Karen, cógete fuerte a mi cuello, sin miedo, yo aguantaré!

Ella obedeció de inmediato, soltando el abrazo de sus piernas alrededor de la cintura de Shaun, pero aún apretando con sus muslos las caderas de él, para mayor seguridad. Él giró sobre sí mismo con soltura, blandiendo sus brazos-espada alrededor, seguidos de las piernas armadas de Karen, y los muertos vivientes caían decapitados o derribados de violentos golpes contra sus cabezas, mientras la pareja no dejaba de avanzar hacia ninguna parte, en realidad buscando Shaun todo el rato la dirección en la que parecía el camino más despejado de la multitud zombi, llevara hacia donde llevara.

—¡Joder tío, me voy a caer! ¡Siento que me fallan las piernas! —dijo Karen, notando temblores dentro de sí, por la excitación de todo el movimiento. 

—¡No pasa nada, cariño! Abrázate, a mí, ¡cruza las piernas, si quieres, pero aguanta!

Ella le hizo caso, abrazándose de nuevo con fuerza a él mientras el orgasmo que el movimiento de la carrera le propiciaba la asaltaba. Sintió cómo se desataba dentro de ella un torrente inesperado, y gritó, mordiéndole por fin a él el hombro, muy cerca de la base del cuello. Los espectadores del programa de cualquier nacionalidad celebraban de nuevo los impresionantes primeros planos en movimiento que mostraban cómo la incolora pero brillante cascada del éxtasis de Karen resbalaba abundante por alrededor del enorme y apretado pene de Shaun, empapándole toda la bolsa escrotal primero, y los muslos y rodillas después, mientras él no dejaba de correr y pelear.

—¡Ahh, joder, hija, Dios de mi vida! —gruñó Shaun, mientras sentía a la pequeña negra sobre él sacudiéndose de puro placer, y casi haciéndole perder el sentido del mismo modo—. ¡Joder contigo, vas a hacer que me corra!

Shaun a duras penas podía ya prestar atención a los zombis, y más que nada intentaba dejarlos atrás mientras los esquivaba caminando poco más rápido de lo que ellos lo hacían. Alterado y distraído por los placenteros espasmos de Karen, tropezó él mismo al arrastrar un pie por el suelo, y empezó a caerse de lado, consiguiendo girar sobre su rodilla derecha dolorosamente para evitarle a la joven el mayor impacto de la caída. A pesar de ello, ella se llevó un buen golpe en su muslo y hombro izquierdos, al soltarse del susto y dejarse caer a plomo junto a él, que había quedado sentado sobre el asfalto con todo el trasero quemándole del roce. 

Karen intentó incorporarse rápidamente, pero con las piernas inútiles para caminar por el apaño de aquellas armas en sus pantorrillas, no era capaz. Shaun miró hacia el cielo en ese momento, al escuchar acercándose rápidamente a los helicópteros de las fuerzas especiales del programa. ¡Lo estaban logrando! ¡Estaban consiguiendo su atención, seguramente eran un éxito total con las audiencias, si es que mandaban a los helicópteros a escoltarles...! 

Pero... No. Los cuatro helicópteros empezaron a sobrevolar la calle por la que intentaban escapar, lentamente, como vigilándoles, pero no parecía que hubiera intención ninguna de extraerles, de rescatarles. Esa certeza fue cuanto necesitó Shaun para incorporarse de un salto, con las nalgas rozadas y sangrantes, la piel levantada del abrasivo mordisco del suelo de esa carretera. Se arrancó sin apenas esfuerzo ni apreciación de dolor toda la cinta de embalar que envolvía sus brazos y fijaba a ellos el machete y la sierra dentada... y todavía usó esta última para correr alrededor de Karen, que reptaba lentamente sobre el asfalto, aún dolorida, y deshacerse, de certeros golpes en sus sienes y nucas, de todos los muertos más próximos.

—¡Están ahí! —gritó Karen mientras Shaun hacía todo aquello, mirando hacia los helicópteros, retorciendo el cuello—. ¡Que nos van a sacar, tronco!

—¡Aún no! ¡Aún no harán nada! —le respondió él, tirando lejos de una vez la hoja de sierra, ya bastante doblada e inútil—. ¡Cariño, esto te va a doler, pero puede salvarnos la vida!

—¡¿Eh?! ¿De qué hablas? —quiso saber ella, aún a cuatro patas, e intentando ver a Shaun, que le hablaba desde detrás.

—¡Perdona, hija! —gritó él. Y se acercó rápidamente a ella, aún muy excitado pese al dolor de la reciente caída y la furia por sobrevivir que le dominaba... ¡o quizá precisamente gracias a todo ello!

Shaun se escupió en ambas manos varios densos salivazos que enseguida se restregó con fuerza por todo su pene, todavía algo húmedo de los fluidos de Karen, al tiempo que doblaba sus rodillas acercándoselo a ella, a su redondeado y caliente trasero, cuyas nalgas vibraban perladas de sudor mientras se agitaba de miedo ante la visión de los muertos vivientes que les volvían a cercar.

—¡Vienen más muertos, tío! —le avisó ella sin necesidad, de puro miedo—. ¡¿Qué estás haciendo, dónde estAAAAAAAAAAH...?!

Su tono de interrogación se extendió y aumentó de ese modo en volumen para deleite de todo el internacional público de Apocalipsis Zombi, mientras un complicado plano desde lo alto, con un zoom telescópico de alta definición, dejaba ver cómo el glande viscoso de saliva de Shaun se apretaba impiadoso contra el ano negro y prieto de la pobre Karen, perforándolo sin demora, hundiéndoselo al tiempo que lo abría de par en par, y haciendo pasar el resto de su pene hasta llegar a cerrar con los testículos sobre ella, usando su favorable posición y su peso.

—¡Ahhhh, joder! —gruñó Shaun sobre ella—¡Joder, eso ha sido bueno, chica!

—¡SÁCAMELA, SÁCAMELA HIJOPUTA! ¡FUERA, SÁCAMELAAA! —gritaba ella, débil y sometida, pero empalada hasta el fondo para su sorpresa y dolor. Sentía como ganas de expulsar una larga mierda que nunca saldría.

Otro plano desde una lejana cámara detrás de ellos mostraba por un momento cómo los apretados testículos de Shaun se aplastaban contra el fondo entre las nalgas de la joven y pequeña negra, mientras su pequeño coño parecía convulsionar, casi como si estuviera a punto de explotar por el excesivo relleno en el recto. Todo el mundo lo veía en sus casas, y por primera vez en todo el tiempo desde que los últimos de los “Mártires Catapelsky” reiniciaran su imposible éxodo, el programa abrió plano hacia los dos presentadores, mientras detrás de ellos el fondo ponía entre ellos el detalle de la sodomización de Karen, quien no paraba de gritar, para hilaridad de muchos espectadores.

—¡Maldita sea, amigos! ¡Miren esto, MIREN ESTO! —gritaba Mazaias para la cámara, señalando a la imagen tras él, y mirando a su compañero—. ¡Joder, Sal, ¿ves esto?! ¡¿ESTÁS VIENDO ESTO, POR EL AMOR DE DIOS?!

—Sí, sí Mazaias, lo veo como todos... —tartamudeaba Salvador, evidentemente incómodo, pero siguiéndole como podía la corriente. Tenía las manos entrelazadas delante de su entrepierna, y seguramente estuviera sufriendo una erección.

—¡Maldita sea, damas y caballeros! —continuó el del tupé, haciéndolo bailar en alocadas convulsiones de emoción—. Si no fuera porque estoy muerto por dentro, si no fuera porque las putas drogas me han jodido la polla para siempre, si mi alma fuera capaz de emocionarse realmente y no sólo tuviera que imitar que así es delante de una cámara, ¡les aseguro que ahora mismo tendría una ERECCIÓN DE LA PUTA MI MADRE! —gritó desatado, haciendo que el planeta entero se tronchara de la risa de incredulidad, no sólo ante lo que pasaba en el concurso, si no por la actitud psicótica de Mazaias Tergara. Empezó a señalarse la entrepierna mientras la agitaba hacia la cámara como si se follara algo diminuto entre sus palmas—. ¡Aquí mismo, aquí, donde les señalo, señoras y señores...! ¡TENDRÍA EN ESE CASO UN POLLÓN ASÍ DE GRANDE!

—¡Atención, Mazaias, que la cosa no ha terminado! —le señaló Salvador Nisce, tocándole un hombro para que se volviera hacia el monitor que debían tener a un lado del plató, donde podían seguir el programa en directo.

—¡¿Qué, qué...?! —hizo Mazaias, perdido por un momento, buscando la imagen.

Y el equipo de edición soltó un juego de varios planos desde diferentes ángulos, de lo que Shaun Spencer estaba haciendo. Pues no se estaba conformando con dar por el culo a la jovencita, si no que estaba izándola desde la cintura para levantarla hacia él, aún empalada. Ella seguía gritando, pero ya no decía nada. Sólo gritaba con la voz muy grave, y casi parecía más sorprendida o confundida que otra cosa. Shaun tiró de ella hasta que su espalda quedó apoyada contra su propio pecho, haciendo que el mismo peso de la joven soldara su durísima erección al mordisco, intenso pero inofensivo, de su ano. 

—¡WOOOOUUUU! —hacía Karen, mientras las cámaras enfocaban el centro de sus piernas abiertas, con la vagina abierta de par en par y el culo relleno de todo el sexo de Shaun—. ¡AYYYYAAAAA, WUUUOOOOOOOO...!

—¡Si salimos de esta, no voy a olvidar esto en la vida, Karen! —le gritó al oído Shaun, poniéndose medianamente romántico de puro placer, sintiendo que su pene estaba atrapado, caliente y presionado, estrangulado al punto de que notaba cada latido de su corazón en cada milímetro de toda esa longitud.

Lo que tenía que ser la mierda de la chica rebotaba ocasionalmente contra la boca de su glande, y eso literalmente le hacía rabiar de un goce puro y desatado, animal. Usó esa furia para pasar a sostener a Karen por debajo de las rodillas, dejándola totalmente sentada sobre sus testículos, y empezó a zarandear sus pantorrillas ante él mismo, mientras avanzaba como podía, golpeando a los muertos vivientes que se les acercaban con el martillo y el hacha sujetos aún a ellas.

—¡Dios, sí, mátalos! —consiguió decir Karen mientras las cámaras enfocaban su cara de dolor y rabia. Pero cerró un momento con fuerza los ojos cuando los pasos y saltos de Shaun la hicieron rebotar con todo aquel trozo de carne dentro de su sobredimensionado culo—. ¡AAAHHH, HIJOPUTAAA!

—¡ERES LA MEJOR PUTA ARMA DEL MUNDO, KAREN, JODER! —empezó a gritar él a su vez, ahogando sus gritos de agonía.

—¡DIOS! ¡AAAAYYY! ¡¿QUIERES CORRERTE DE UNA VEZ, PUTO ORANGUTÁN?! —le exigía Karen, intentando sujetarse a él para evitar todos aquellos meneos que le estaba dando mientras usaba sus piernas como armas para seguir abriéndose paso. Pero no tenía nada que hacer, él no dejaba de mover sus brazos, y a poco más podía sujetarse.

Mientras tanto, en el programa volvieron a poner en plano a los presentadores, y mientras Salvador Nisce no hacía más que mantener las manos ante su entrepierna, Mazaias, dándose cuenta repentinamente de que les ponían de nuevo en el aire, empezó a gritar.

—¡¿Se lo repito, queridos telespectadores?! ¡Si me funcionara la puta polla, ahora mismo estaría MASTURBÁNDOME EN DIRECTO, AQUÍ, AHORA, CORRIÉNDOME CONTRA SUS PUTAS CARAS!

Shaun estaba ya muy agotado para seguir zarandeando a Karen, sentía los brazos y las piernas agarrotados de la continua y larga lucha, y los muslos le temblaban de puro éxtasis. Estaba a punto de correrse, y no aguantaba más.

—¡Joder, lo siento Karen! ¡Lo intenté!

—¡Ahhh! ¡Ay! ¡¿De qué hablas, puto?! —consiguió decir ella, cansada y a punto de un nuevo orgasmo, pues de algún modo la polla en el culo le estaba estimulando la estrecha cavidad vaginal—. ¡Ayyy, cuidado, qué haces!

Shaun se arrodilló primero en el suelo, hiriéndose de nuevo las rodillas contra el asfalto, y dejó reposar en el suelo a Karen también, pero sin liberarla, pasando a cogerla de la cintura primero y de los hombros después, mientras reptaba hasta ponerse encima de ella, cuan largo era. Le sacaba casi dos cabezas de estatura, y no le costó dominarla completamente.

—¡Lo que hago, Karen... es darte por culo hasta la muerte! —explicó Shaun, apretando su mejilla contra la de ella, encima de ella, casi quitándole la respiración con el peso de su musculoso cuerpo.

Karen miró alrededor lo que poco que podía girar el cuello en esa posición, aplastada, con sus pechos soportando el peso de los dos sobre el cálido y rugoso asfaltado. Los muertos se acercaban desde todas partes.

—¡¿Sí?! ¡Pues hazlo de una puta vez, cabrón! —le animó ella, sabiendo que era el final—. ¡Reviéntame de una puta vez!

Y no dijo más, porque Shaun levantó sus caderas apoyándose sobre sus rodillas, abiertas alrededor de las piernas de Karen, separando la pelvis de sus nalgas, y dejando salir repentinamente su polla, hasta el final. Karen sintió un gran alivio, como al término de un pesado estreñimiento, pero al momento mismo volvió a metérsela entera, sin darle el menor respiro. Shaun se la hundió hasta estrellarle sonoramente los huevos contra el perineo, esta vez sí, sintiendo que le empujaba un bulto de heces. 

—¡Te voy a hacer un batido de mierda, cariño! —le susurró él para darse ánimos.

Y empezó a machacarla, sin que haya otras palabras para describirlo, dejándose caer contra ella y al tiempo empujando con todo su deseo ya liberado por completo, mientras se centraba en el olor de su oscura piel sudorosa, y en sus inspiradores gritos que ya no sabía él distinguir si eran realmente de dolor o de placer.

Por su parte, Karen, sí que sentía tanto dolor como placer a partes iguales. Todo su cuerpo se zarandeaba con las embestidas que parecían atravesarla de parte a parte, haciendo estallar todos sus nervios, y que estaban generando un creciente calor y placer irresistibles en el interior de su vagina, que sentía invadida y rebosada. Iba a correrse de nuevo, pero la distrajo momentáneamente el sonido de disparos desde lo alto, desde los helicópteros, sin ninguna duda. Pudo ver cómo algunos muertos vivientes caían delante de ellos, a su alrededor, ejecutados con certeros disparos a sus puñeteras cabezas.

—¡Ahhh, oh Dios! —intentó hablar ella, con su mente medio ida—. ¡Joder, nos van a sacar de aquí! ¡Ah, Dios, puto cabrón! ¡Que me revientas!

—¡Sí! —gimió Shaun—. ¡Nos van a sacar! ¡Y es por ti, cariño! ¡Tú nos has salvado! ¡Nos has salvado!

Shaun empezó a mover sus caderas a toda velocidad, al punto de que ella ya pensaba que, o se le iba a salir la vagina de dentro a hacia fuera, o que se le iba a prender en llamas el culo. El hombre sobre ella la llenó con una densa explosión cálida que la excitó justo lo que necesitaba para acabar expulsando por sí misma nuevos fluidos de éxtasis. Las cámaras pudieron grabar cómo su estrecho sexo escupía con violencia sobre el asfalto, entre sus piernas, como si despreciara a las cámaras por estar grabando, y cómo su culo rezumaba con el semen que Shaun no dejaba de bombear, a pesar de haber terminado con su propio orgasmo. 

Los tiradores de los helicópteros les cubrieron todo ese tiempo, manteniendo a raya a los zombis hasta que ellos dos terminaron lo que siempre se recordaría como “El polvo de los muertos vivientes”.




No mucho después, Shaun viajaba en uno de los helicópteros, sentado y cubierto con una manta sobre los hombros, junto a Karen, tumbada boca abajo en una camilla y tapada también de hombros a rodillas por un cobertor.

—Me has destrozado el culo, cabrón —le dijo ella con una media sonrisa, el mentón apoyado sobre sus muñecas—. No podré sentarme ni dormir boca arriba en un mes, no sé...

—Vas a ser la estrella más recordada de Apocalipsis Zombi, te lo garantizo, hagan las ediciones que hagan...

—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer ahora? —quiso saber, poniéndose seria de repente.

—¿Ahora? —él la miró, devolviéndole una amplia sonrisa—. Con el premio devolver el dinero que debo, y rezar para que valga con eso... Ahora que soy famoso temo que me tomen por la gallina de los huevos de oro... Ya debemos nuestras almas al programa, como quien dice, y no me siento capaz de rendir cuentas a dos amos...

—¡Qué mal rollo! ¡Eso suena a mal rollo!

—Sí... mi vida entera es un rollo, largo, y malo... —repuso él, sonriendo—. Oye... perdona por darte por el culo.

—¡No pasa nada! —respondió Karen con alegría, y en un tono como de tipa dura, añadió: —. La vida nos da a todos por el culo, ¿no? Antes o después...

Shaun Spencer sonrió y se encogió de hombros por toda respuesta.

FIN