Va a parecer que las dos primeras entradas las he dedicado a poner verdes a los usuarios de Wattpad, pero con éste relato no es para nada mi intención. Simplemente explicaré lo que pasó.
Este relato lo escribí para participar de buena fe, por mera diversión, en un concurso organizado entre usuarios de esa web, que consistía en seleccionar una criatura mítica y hacer un relato original alrededor de su figura. Elegí un Tritón, más que nada porque me había hecho gracia todo el asunto del Tritón de la película "La cabaña en el bosque". Por supuesto, mi relato no tiene nada que ver con la película, pero era obvio que no parecía una criatura muy majestuosa ni dada a las mejores aventuras que escribir, así que pensé que sería hasta mejor reto para desarrollarlo.
Para mi gusto (porque lo releí varias veces para dejarlo perfecto para la publicación en aquel concurso) es de mis propios relatos favoritos, tanto por el desarrollo como por el estilo. En la valoración del relato, en aquellos días, me puntuaron con la mitad de la nota asignada a la ortografía (¿?), de modo que, independientemente de los gustos de los jueces (algo sobre lo nunca discutiría), eso me indicó que la cosa no estaba siendo ni muy justa ni muy fiable. Aun así, agradezco el haber participado para haber podido escribir esto.
Y ahora... que comience la función.
El ÚLTIMO TRITÓN
Esto es lo que sucedió.
Las mentes de sus congéneres se
desplomaron sobre él, mientras se impulsaba con poderosos balanceos de su cola
y potentes y largas brazadas de sus brazos, surcados de finas aletas...
Mientras palmeaba desesperado, empujando con las duras membranas de entre sus
dedos todo el agua que se empeñaba en poner entre sí mismo y el cataclismo: una
marea densa y corrosiva de un mejunje anaranjado que se había desplomado desde
las muy lejanas alturas del lecho marino superior, y que se había derramado,
con un peso propio del metal, sobre los aledaños del reino de Ruminae, la
ciudad y mundo de su especie inmortal.
En las afueras, sí, había caído,
matando a miles de las hembras de tan pequeño tamaño y de tan humanizados
torsos, Sirenas que jugaban salvajes entre ellas y contra otras criaturas de la
fauna abisal, dando allí rienda suelta a su locura natural, que tanto, tanto
tiempo atrás, había buscado en la raza del hombre su más ansiada presa. Así
había sido, hasta que los Tritones las subyugaron, separando de sus mentes esa
idea instintiva de que sus semejantes con piernas de la superficie debían
morir, reflejos absurdos y débiles de ellas mismas, como eran.
Ah, pero el cataclismo no se
había detenido ahí.
La masa anaranjada siguió cayendo
desde allí arriba, como si fuera infinita, y mientras las Sirenas y otros seres
del mar se deshacían agónicos entre su sustancia, el peso de lo que caía empujó
lo primero que había caído, y pronto las Torres Limítrofes De Las Ardientes
Burbujas vieron apagado su vetusto fulgor esmeralda con el súbito oleaje, que
las barrió como algas sueltas. Las mentes débiles de las Sirenas, que con su
grito de horror y dolor unánime habían alarmado telepáticamente a los Tritones,
no les preparó para la fuerza y velocidad con que esa corrosión se cernió sobre
sus palacios. Algunos de los 247 Inmortales se organizó con otros y mostró una
resistencia de telequinesia que por un tiempo separó la masa de ácido a su
alrededor, mientras veían cómo echaban abajo sus palacios de roca, árboles
marinos y coral, estructuras que llevaban allí eras completas, desde muy poco
después del inicio de la vida. Los focos de resistencia, tan lejanos unos de
otros como incapaces de reunirse atravesando la marea, acabaron por rendirse de
mera debilidad, y sucumbieron, pues nadando a ninguna parte podían llegar al
quedar presos en las burbujas que formaban sus voluntades, burbujas cuyos
techos iban haciéndose más pesados a cada momento, e inmersos en una atmósfera
de agua marina que rápidamente se envenenaba con el ácido que la rodeaba. Otros
ni siquiera tuvieron tiempo de escapar; algunos tuvieron tiempo, pero ni lo
intentaron. Y otros fueron capaces de lanzarse a una carrera de natación por su
supervivencia.
Pero nadie, nadie lo había
logrado. Sólo él, Rakna Lo Sinur, aún se sacudía con furia más allá de las
Torres Limítrofes del otro lado de la ciudad, mientras la cosa ácida le
perseguía, ultimando la destrucción de toda su civilización, engullendo y
desprendiendo del fondo marino enormes pedazos de roca que sobresalían, llenando
con lentitud pero escrúpulo cada cueva, grieta o pequeño recoveco que
encontrara. No tenía dónde refugiarse, sólo nadar, nadar hacia delante sin
detenerse. Y, como se decía al principio, las mentes de sus iguales, las otras
246, fueron llenándole una a una de sus propios padecimientos, sentimientos,
sensaciones, conocimiento, y... ¡poder!
Así fue: Rakna Lo Sinur, tras
unos instantes de debatirse, luchando por mantenerse individual al llenarse de
todas esas almas, recuperó su dominio y asió toda la energía que sobre él se
había diseminado desde las almas muertas de los Tritones, y con ello abrió un
túnel de telequinesia. Allí, en las profundidades que ahora le eran totalmente
negras e invisibles sin los faros de Ruminae, el Tritón separó en dos las aguas
a su alrededor primero, y luego ante sí mismo. Con su nuevo poder se mantuvo
suspendido en el vacío, y se lanzó en levitación a través del túnel hacia
delante, dejando rápidamente muy atrás la masa corrosiva, que seguía avanzando
con la desventaja de ir empujando el mar.
¿Qué había pasado? ¿De dónde
salía semejante residuo, y por qué? Rakna Lo Sinur sentía que la inesperada
locura le llenaba de ira. No entendía quién ni cómo, pero el disparate de tanta
muerte y destrucción sólo era capaz de entenderlo si era un ataque premeditado.
¿Alguna de las otras razas Inmortales? Tiempo atrás, en los amaneceres de la
raza del hombre, cuyos individuos eran descendientes a partes iguales de todos
los Inmortales, y mientras cada raza Inmortal instruía a su facción a su modo
de entender el mundo, se habían sucedido cruentas guerras, luchas de milenios
en las que el genocidio del hombre y el asesinato de cientos de inmortales se
habían ido sucediendo. Hasta que, en un dramático conflicto que por poco no
había separado el mundo en dos, los hombres de la fortaleza sumergible de
Atlántida, auspiciados por los Tritones, y los de la ciudad espacial Viajero
Del Éter, apoyados por el Portador de Luz y sus Brillos, habían acabado con sus
naciones mutuamente durante lo que se conoció después entre Inmortales como el
Choque De Relatividades. El destrozo y sus efectos se propagaron por la propia
Tierra y parte del espacio de tal manera, que desde ese momento toda raza
Inmortal depuso toda intención de conflicto, pues aterrados quedaron del
alcance de su poder en manos del hombre.
Pero claro, todo eso había sido
decenas de milenios antes. ¿Era posible que un viejo rencor hubiera provocado
la muerte de toda su raza? Tenía que averiguarlo.
Y... esto es lo que sucedió.
Rakna Lo Sinur abrió el mar
verticalmente, desde el fondo hasta la superficie. Un sumidero circular de
decenas de kilómetros que se abría con la fuerza repulsiva de su mente. Y se
alzó, dirigió sus ojos negros y brillantes hacia arriba, ciego aún en aquellas
oscuras profundidades, alcanzando poco a poco a ver algo de luz según ascendía.
Pero... Algo estaba mal.
A esas horas, la luz del día
debería estar haciendo brillar la superficie del océano que, en esas regiones,
tenía que extenderse miles de kilómetros en todas direcciones. Pero en lugar de
eso, a duras penas unos recovecos abiertos aleatoriamente a lo largo y ancho de
una enorme sombra dejaban pasar una luz rojiza y mortecina, como si el sol
estuviera sufriendo una suerte de extraño ocaso en un imposible horizonte en
mitad del cielo. Al acercarse más, creyó saber que hacia lo que se estaba
dirigiendo era algún tipo de superficie artificial. ¿Un gigantesco navío?
Dejó de empujar el mar, que llenó
brutalmente de nuevo el hueco que había creado, y nadó veloz junto al techo
metálico, examinándolo. No comprendía cómo, pero la superficie de algún modo se
movía como una lenta y densa capa de diminutos y repugnantes insectos, y
parecía crecer por sí misma en aquellos bordes que eran los agujeros que aún
dejaban pasar la luz. Formaban, sus pequeñísimas partes, un manto denso de
varios metros de grosor, sólo posible con un número infinito de esas pequeñas
criaturas metálicas sujetándose entre sí y creando nuevas a partir de pequeños
pedazos de material que traían otras desde largas cadenas. Eran como insectos
mecánicos, pero sin ojos, antenas o alas, sólo pequeños cilios del tamaño de un
meñique humano que se movían y trabajaban manoseándose entre ellos con los
pelitos retráctiles que salpicaban sus superficies por entero. En su vida de Inmortal
había visto, antes del Choque De Relatividades, toda clase de ingenios
mecánicos, algunos de los cuales su raza de Tritones había creado expresamente
para el hombre y las Guerras Inmortales. Pero aquellos seres, provistos de tal
cualidad de vida, realmente sobrepasaban con mucho los límites de su
imaginación. ¿Máquinas vivientes? ¿Podía ser posible? Evolución artificial que
imitaba la natural...
No lo creía. Y se decidió. Con
cierto presentimiento de tragedia, se dio impulso fuertemente con su cola hacia
el fondo durante un momento, y acto seguido ascendió directamente contra uno de
los agujeros entre la superficie de insectos. La luz roja de más allá del agua
hacía verse la superficie como un mar de sangre. Pero, furioso, arreció el
impulso y se estrelló contra ella.
Y... esto... es lo que sucedió.
Rakna Lo Sinur salió despedido
del agua varias decenas de metros, causando a su alrededor una auténtica
explosión de vapor y salpicadura que incluso sacudió levemente la recia capa de
pequeñas máquinas. Y lo primero que vio fue el aspecto del cielo. El color rojo
pertenecía a las alturas, sí. Pero desde luego que su origen no era el sol.
Aquello que iluminaba ahora el mundo no era luz solar. Otro mar, pero este de
eternas nubes indivisibles y de textura y color pétreos, refulgía en distintas
distancias con el brillo rojo de gigantescos hornos cuyos fuegos estaban
vueltos hacia el mar. Mecanismos circulares de turbinas azules los mantenían
suspendidos en el cielo mientras los recipientes, grandes como ciudades
pequeñas, derramaban el ácido ardiente, que desde allí brillaba como magma
antes de tocar el mar, momento en que levantaban auténticos géiseres de vapor,
tan grandes como sistemas de montañas.
El último Tritón enloqueció de
furia. No era un ataque a su raza, era sin duda una agresión de nivel
planetario. La muerte de todas las criaturas marinas es lo que parecía buscar
ese despropósito, que se repetía interminable mirara hacia donde mirara, tan
lejos como llegaba el horizonte, una vez y otra, separándose la masa de
mecánicos insectos kilómetros entre sí para permitir los crueles vertidos.
Pero acertó a bajar la vista,
casi en el instante mismo en que el agua que había saltado con él caía a su
alrededor y dejaba ver más. Se mantuvo en levitación usando sus poderes, y miró
directamente a los ojos a la locura. Pues allí abajo, trabajando dentro y
alrededor de extrañas máquinas de ocho patas, encontró hinchadas criaturas
humanoides, pero no sabía si eran hombres. Los ojos brillaban rojos tras
cristales que tenían clavados en las caras, y sus cuerpos desnudos eran
abultadas bolsas pálidas y flácidas recorridas de maquinaria que se fundía con
su carne y que no cejaba de sacudirse como inmersa en el frenesí de complicados
sistemas de engranajes internos. Los lugares que debían ser alojo para la boca
y nariz estaban llenos de gruesos tubos que sustituían los dientes y huesos de
las mandíbulas y el tabique nasal. Rakna Lo Sinur, de puro horror, se empeñó en
explorar la mente del monstruo más cercano. Y en verdad era un hombre, pensaba
como tal, pero no con una sola voz. Hablaba a la vez que otros hombres, y
algunos hablaban con él, como él. Todo dentro de su sola mente. Le dolió y tuvo
que salir, pero no sin antes saber muy claramente lo que pensaban de él, el
último Tritón.
En la mente del hombre máquina,
Rakna se vio a sí mismo, suspendido sobre los hombres y sus vehículos, que se
movían todos a lo largo del suelo de insectos. Allí levitaba su ser, con sus
treinta metros de envergadura desde la cabeza a la cola, totalmente erguido en
el aire como lo haría un humano sobre sus piernas. Y supo que le veían como un
monstruo, al distinguir, sobre los hombros que culminaban su cerúleo y
brillante torso, la cabeza sin orejas ni nariz, pero con ojos negros como los
de un tiburón, y la gran boca sin labios pero llena de pequeños dientes
afilados, muy parecida a la de sus compañeros abisales del desaparecido fondo
del mar...
Y... esto... es... lo que
sucedió.
Que un hombre, más lejos, desde
lo alto de una de las máquinas de ocho patas, empezó a gritar. Pues este
hombre, pese a las cualidades mecánicas compartidas con los demás, no tenía la
cara colmada de conducciones, sino que sólo la parte superior de su cabeza
estaba provista de metal. Tenía boca, pero ahí terminaban sus facciones,
plegándosele la carne sobre una suerte de cúpula plateada que era la mitad
superior de su cabeza. Pero de algún modo veía, pese a todo, o quizá lo hacía a
través de los ojos de los demás, usando esas mentes compartidas.
— ¿A qué estáis esperando? ¡Ya me
estáis matando ese monstruo, vamos, abrid fuego, todos, todos, TODOOOOS! —Rugió
el hombre, sacudiéndose de pura ira, derramándosele de entre los dientes denso
aceite oscuro que de algún lugar en su interior esputaba—. ¡MUERTEEEE!
Enseguida, Rakna Lo Sinur se vio
alcanzado por una lluvia infranqueable de pesados proyectiles y haces de luz
azulada. Apenas había tenido tiempo de detenerlos a cierta distancia de sí
mismo usando la telequinesia, y acto seguido pasó a la acción.
Se izó hacia el cielo, dejando
tras de sí una estela de detonaciones que no llegaban a tocarle, y voló veloz,
fijando su atención en las armas más próximas y pesadas. Las máquinas arácnidas
eran una suerte de tanques, y sus morteros soltaban fuego explosivo de
repetición sin apenas pausa. Como mejor opción mantuvo su escudo mental
mientras sobrevolaba las arañas de metal negro y las partía en dos con fieros
manotazos. La sola potencia de sus músculos y proporción bastaban para hundir
las corazas de las máquinas, pero sus garras, además, se hundían en ellas como
lo hacían en agua. Chispas rojas saltaban por todas partes, mientras
sobrevolaba de una a otra de las grandes máquinas, arrancándose con
desequilibrado frenesí en la destrucción, abriendo algunas de par en par bajo
su mirada, y aplastando a los tripulantes del interior bajo sus poderosos
puños. Luego asía a los hombres máquina de alrededor en montones de tres o
cinco en un puño y los aplastaba, saliéndosele de entre los dedos una
desagradable mezcla de entrañas, piezas, óleo y sangre. Esparcía con los restos
de hombres y vehículos un segundo manto sobre la calzada extendida por los
insectos.
El combate se recrudeció cuando
más ejércitos de hombres máquina llegaban a la carrera atropellada desde la
distancia, acompañados de más numerosas arañas mecánicas.
— ¡Muerte, muerte, muerte!
—Gritaba enloquecido aquella especie de jefe o general, subido en lo alto del
lomo de la lejana araña— ¡Maldita sea, traed a los Simios! ¡TRAED LOS SIMIOS,
LOS SIMIOOOOS!
Loco de indignación y sed de
venganza, Rakna Lo Sinur extendió la garra invisible de su poder y retorció
hacia el cielo las patas de la araña del dirigente. Éstas se torcieron y
resquebrajaron hasta el punto de que se cerraban ya alrededor de su lomo, y de
pronto se partió también el cuerpo mecánico de la araña. Y todo ello, patas y
cuerpo, se doblaron de manera imposible ante los ojos de todos los hombres
máquina, que, siendo capaces aún de sentir estupor, detuvieron el combate y
miraron. Miraron cómo todo eso envolvía y aplastaba a su comandante, cerrando
sus agudos gritos de furia en la forma de unos ahogados quejidos en los que ya
ni se molestaba el hombre en pronunciar palabras.
La bola de chatarra se comprimió
como lo haría una hoja de papel entre los dedos, pero sin que nada la sujetara,
allí mismo, en el aire, entre el ejército inmóvil de hombres mecánicos, y de
pronto cayó al suelo viviente con un sonido sordo y seco. Cansado del esfuerzo
mental, Rakna Lo Sinur exploró de nuevo la mente de un hombre cualquiera, y
allí oyó de nuevo el rumor de todos ellos:
“Ha matado al Pretor
Ruddenskjrik/ La lucha debe continuar/Hay que matarlo/Los Simios podrán con
él/Sí/Los Simios/Fuego/Debemos disparar/Abrir fuego/Ahora/Tiempo/Vienen los
Simios”
El cansancio le dejó indefenso en
el momento de la reanudación de los disparos, y varias heridas se abrieron a lo
largo de su torso sin escamas. Por el contrario, su cola soportó mejor el fuego
de energía y aprovechó esa ventaja para retorcerse en el aire y barrer decenas
de soldados de un coletazo, y a docenas más de otro. Sentía que el poder de las
almas de sus hermanos Tritones le abandonaba. Su concentración ya casi no
bastaba para hacerle levitar. Sólo quería matar a cuantos pudiera de esos seres
degenerados. Arrasar con todos ellos, si la vida le duraba lo suficiente...
Pero... Si miraba hacia el horizonte, al infinito hacia el que se extendía el
suelo artificial y viviente sobre el mar natural y cada vez más inerte, los
hombres máquina se repetían eternamente haciéndose cada vez más numerosos a su
alrededor, buscando unir fuerzas en los disparos que salían de sus pesados
cañones de energía.
Rakna Lo Sinur no podía levitar
más, y avanzó a ninguna parte reptando sobre su cola y usando los brazos para
impulsarse, saltando de cuando en cuando y aplastando a grupos enteros de
artilleros, volcando a golpes de hombro y manotazos las arañas tanque, lanzando
cuerpos unos sobre otros como quien coge unos meros guijarros. Las heridas ya
traspasaban en muchas partes la gruesa carne musculosa, y sangraban. Pero el
dolor sólo acrecentaba la rabia. Porque si perdía paulatinamente la energía de
los Tritones, no así sus recuerdos y dolor en el momento de la muerte, y esas
amargas sensaciones impulsaban su lucha. Pero, de pronto, un rítmico sonido,
varios en realidad, atrajeron su atención. Y su asombro ante esa suerte de
truenos que sacudían con sus golpes el suelo artificial bajo su cuerpo, aún
creció más ante la algarabía de celebración de los hombres máquina que un
segundo antes le estaban combatiendo con una total falta de miedo. Todos
alzaban los brazos y sacudían sus infames cuerpos abultados, mientras un rumor
o gemido salía de sus interiores, como simulando una voz de alegría. Sonaban
como miles de angustiados bebés que se estuvieran ahogando, a pesar de todo,
como si esa forma degenerada de los seres humanos no supiera ni darle el sonido
que se merece a la alegría, de tan pervertida que ya estaba su naturaleza.
Alzó la mirada de entre esa
muchedumbre y vio lo que celebraban. La llegada de los Simios. Grandes máquinas
bípedas, tan negras como las arañas, y seguramente también tripuladas, que se
alzaban decenas de metros sobre patas articuladas de tres dedos. Sus cuerpos
eran la simple forma de una amplia esfera sobre la que se situaba otra un
cuarto más pequeña, y la masa gruesa, larga y tremendamente recargada de los
brazos realmente les hacían parecer unos gorilas gigantes. Las monstruosidades
mecánicas no esperaron a encontrarse con él en batalla y lanzaron, desde los
electrodos unidos a sus pinzas prensiles, largos haces de energía roja. Rakna
Lo Sinur sintió calambres a lo largo de todo su ser y se retorció a trompicones
sobre los hombres, matando a buena cantidad de ellos sin proponérselo siquiera,
mientras las máquinas se cernían sobre él disparando relámpagos escarlata.
Siguieron acercándose sin darle cuartel, primero dos, luego cinco, al final
seis de ellas. Y entonces entre todas alargaron sus grandes y potentes pinzas
de carga y cada cual cogió una extremidad o aleta del cuerpo del Tritón. Y
tiraron, y tiraron. Cada máquina en una dirección. Y al tiempo todos los
hombres abrieron fuego. Y la carne y el hueso y la entraña y, por extensión, el
alma de Rakna Lo Sinur, se partieron todos en mil pedazos.
Y él, al final, se maldijo a sí mismo
y a todas las razas de Inmortales, allá donde estuvieran, al comprender que
ellos, todos, habían dado forma y propiciado la perpetuación de la especie del
hombre. Porque, pese a ausentarse de su historia y retirar todo poder Inmortal
de su conocimiento, el hombre había desarrollado poderes nuevos, y más
terribles. Y el hombre había tomado el lugar de la Muerte en el universo.
Y... esto... es... lo... que
sucedió.
FIN

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